Los nuestros fueron años lindos,
Jugando crédulos al supermercado, al doctor.
Correteando por los jardines.
Escondiéndonos en la cocina donde tu familia tenía confinada a mi madre.
Recuerdo que a tu abuela, antes de trastornarse, le encantaba decirle a quien la escuchara que cuando tu piel estaba sucia, perfectamente podíamos pasar por primos...
Yo te llevaba al estanque a pescar pirihuines con palos de fósforos, mientras esperábamos, tú me enseñabas groserías en otras lenguas.
Recuerdo el pánico que te daban las borracheras de tu padre. Ese viejo loco que para las efemérides militares, fusil en mano, nos sacaba a todos a marchar al patio.
Te acurrucabas en mi, sollozando débilmente para no enfurecerlo. Yo te tranquilizaba diciéndote al oído que no había nada que temer, que siempre le pasábamos las armas con cargas de salva.
Por las tardes, después del colegio, te gustaba verme jugar a la pelota. Los domingos yo me acercaba a la ventana del salón a oírte tocar el piano y cantar.
Las primeras rimas que escribí fueron para ti. Te las rapeaba junto a los cabros alta escuela, que marcaban el ritmo escupiendo sobre sus manos.
Fuimos creciendo y tus hermanos, irrelevantes hasta esos días, comenzaron a ver con malos ojos nuestra amistad. Cada vez que podían me ridiculizaban con bromas cuya réplica justa habría sido hacerles tragar los dientes a puñetazos. Pero no. Tenía que pensar en ti y en tus padres, patrones de mi santa madrecita.
Terminaste el colegio y te fuiste a la ciudad, a estudiar algo que yo ni siquiera era capaz de pronunciar. Te rodeaste de nuevos amigos, gente letrada que ocupaba computadoras.
Para las fiestas de fin de año volvías a casa de tus padres, y nos emocionábamos y salíamos a pasear, pero ya no teníamos de qué hablar. Yo nada sabía de música indie, de cine de autor. Lo mío eran las rancheras y las drogas.
Una vez te quise dar una sorpresa y fui a verte a la facultad, a bordo de mi Chevette en clave reguetón. Al reconocerme, vi como tu rostro se desfiguró de vergüenza y apresuraste el paso para cruzar la calle. De nada sirvió mi buzo importado, mi camiseta del Real Madrid. De nada sirvieron mis Nike Shox.
Para colmo ese verano llegaste con tu novio, un cadete de la Escuela Militar al que tu padre abrazaba orgulloso y sonriendo como un cocainómano. La boda se celebró al año siguiente. Me tocó lustrarle las botas y ensillarle el caballo al muy cabrón.
De ahí no supe más de ti hasta hoy, que has vuelto al campo, con tres hijos y una camioneta repleta de maletas. Tu marido yace en la capital, con su pistola y con el divorcio.
Nos dimos un fuerte abrazo y recorrimos, tomados de la mano, cada uno de los rincones que marcaron nuestra historia dentro de esta vieja estancia.
De noche llegaste a mi habitación y a la segunda copa de vino ya te habías desnudado. Mientras hacíamos el amor me has pedido a gritos que te golpee. Me he corrido sobre tu rostro, sobre tu culo descomunal, sobre tus tetas lánguidas como bolsas de suero.
Ahora te observo, desparramada en mi cama. Roncas como una micro. Acaricio tu pelo y recuerdo tu rostro prístino, tu cuerpo virgen sumergido en esa infame aglomeración de grasa. Te acurruco en mi pecho y beso tu frente tal como cuando éramos niños, y te susurro al oído que yo perfectamente podría haber sido tu novio, a pesar de que me llamo Brian.
Pude haber sido tu novio, a pesar de que me llamo Brian
Escrito por La Gran Arcada 14 comentarios
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