
Ofrecemos la tercera saga de intervenciones granarcadianas a las estupendas ilustraciones de nuestro amigo Andrés Casciani...
ILUSTRACIÓN 1: "Práctica"
Audio de regalito
ILUSTRACIÓN 2: "El intruder"
Una noción trágica del cosmos se condensaba, aprisionada en sus contornos.
La luz se pudría ahí dentro.
La magnífica resiliencia logró conservar un diminuto fragmento de la sombra que alguna vez fue.
Ese hermoso daguerrotipo que tras la erupción navegó entre sangre y ceniza.
ILUSTRACIÓN 3: "La garzona"
"que sueño tan extraño"
Me decía ese intruso, mientras vaciaba hasta secar
la botella en el vaso sucio.
"Acá no hay hielo...
Acá no hay atenuantes..."
Delirios animados de ayer y hoy (3.0)
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"La suela y la sangre"
En el tiempo en que más escuchamos a Brahms, más aparecieron las ratas. Todas las mañanas al levantarnos encontrábamos pedazos carcomidos de madera, garras marcadas en los muebles de la cocina, basura desperdigada por el comedor, además de la ineludible sensación de que alguien más estaba viviendo con nosotros desde hace rato. Los chillidos no tardaron en escucharse en la casa, en la noche, junto con las goteras, junto con las peleas a botellazos en la escalera...
A medida en que pasaban los días me acordaba del cuento del flautista, y de la versión porteña de la historia. Un anciano con una capa rota en la espalda que se paseaba por la línea del tren con una hilera de ratones amarrados al cuello y puestos en fila para dar la impresión de que lo seguían. Cómo no reírnos y aplaudirlo con fervor cuando lo vimos, cómo no admirarlo un poco.Ahí estábamos en el sillón, recordándolo, escuchando como las invitadas de piedra rasguñaban las murallas intentando hacerse un nido. Fumábamos, casi ni nos mirábamos, hablábamos en monosílabos y jamás nos tocábamos el pelo o las manos en señal de cariño. Pero era bueno sentirse solos, saber que no había valor para abandonarse, para escuchar el silencio sin presencia, el espacio sin materia, ese silencio que no tiene nada, ni cosa ni humano que lo absorba. De ahí la tristeza que me producen las casas vacías, un espacio que no huele a nada, que no dice nada. Nuestros cuerpos tampoco lo hacían. Nos enfrascábamos en lecturas eróticas de ciertas mujeres perversas que hablaban sobre las parafilias. No llevamos a cabo sus locas ideas, o las posturas de las que hablaban.
Cada uno se masturbaba en su pieza, siempre aprovechando el silencio.
Todo cambió una tarde cuando ya comenzaba a anochecer y volví a la casa con el ánimo y los pies cansados después de un día de búsqueda de trabajo. Me senté en el borde de la cama, me mandé un trago largo de licor de cassis mientras seguía escuchando a las detestables tras la muralla. Me dormí. No sé si una o varias horas. Soñé con un gallo blanco de una gran cresta roja parado en una silla de paja. Movía sus ojos rápidamente como si algo lo intimidara. El ave terminaba lanzando plumas y chorros de agua a través de las alas.
La visión que tuve de mí misma cuando desperté fue peor que mi sueño. Varias ratas se metían entre mis pies, como bailando. Varias huyeron despavoridas. A una le apreté la cola con mi taco y sentí que algo se desprendió. Tal vez un poco de pelo, pensé.El piso quedó manchado de gotas ínfimas de sangre y pedazos de carne de rata. Tuve ganas de vomitar, es difícil explicar la sensación de esa tarde y de los días siguientes porque tardé bastante tiempo en sacarme en esa imagen de la cabeza. Cada noche soñaba con ellas, que me mordían los labios, que se introducían en mi vagina, que las devoraba como si fueran manzanas.
Elías vio el espectáculo desde lejos con una fascinación que nunca había visto. Tener enfrente a una mujer rubia despedazando con sus tacones a una rata le causó una erección de antología. Mientras yo intentaba liberarme del asco él me tomaba de los muslos, me besaba, me metía la lengua en la oreja. Aseguro que nunca me folló como aquella vez. No dejó que me sacara los zapatos durante toda la penetración, y me pidió expresamente que le refregara los tacos en la espalda para sentir algo de esa rata muerta que le pareció maravillosa. Elías estaba demente y su falo también se volvió loco. No paraba ni me deba respiro, juro que sentí que tenía el clítoris lleno de laceraciones de tanto ser penetrada. A pesar del dolor todo terminó como en la mejor de las historias de amor: Los dos abrazados con esa típica mueca estúpida después del goce, escuchando a Brahms y sintiéndonos dichosos de tener una plaga en nuestra casa.[LEE EL ARTÍCULO COMPLETO]
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