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Las Ladas II

LA LADA FLAITE


Amigos de La Gran Arcada, agradezco que me dejen compartir con vuestros lectores mi aterradora experiencia. Quiso el destino que en un mismo periodo dos arpías, que entre ellas nada tenían en común, confabularan en mi contra e hicieran de mi vida un asco.

Matilde fue mi novia desde la universidad. Para el 2002 llevábamos tres años viviendo juntos y ya teníamos las proyecciones propias de una pareja establecida. Cierto día llegó feliz a casa contando que se había ganado una beca para realizar un postgrado en Bélgica... Antes ya había mencionado algo sobre sus postulaciones pero francamente jamás pensé que le iría bien, pero me equivoqué y nos tuvimos que enfrentar a una compleja situación. Sabía que no tenía argumentos para equiparar las ventajas de estudiar en el extranjero por lo que ni siquiera le pedí que se quedara. Después de un escueto análisis no sólo acordamos seguir de novios sino que más encima decidimos casarnos a su regreso. Ella partió y durante su ausencia nos comunicamos por teléfono y principalmente por e-mails. Los tres primeros meses hablábamos todos los días, pero luego la comunicación se fue haciendo más esporádica hasta limitarse finalmente a una miserable postal para mi cumpleaños y una llamada para Navidad. A eso le siguió una sola llamada, la última, en la que me contó ilusionada que había conocido a "alguien", un francés, un mes antes de su regreso a Chile.

A nadie le sorprendió que Matilde me dejara por otro tipo. El único descolocado era yo, que jamás pensé que me haría algo así. Las pocas veces que hablamos sobre su desdén hacia nuestra relación ella arguyó la enorme carga académica que le tenía los nervios de punta y que le demandaba toda su atención. Yo le creí.

Durante su ausencia me había avocado completamente al trabajo. Mis distracciones no iban más allá del Playstation, la pichanga de mitad de semana con mis ex compañeros de universidad, y los asados que cada dos meses organizaban los muchachos de la oficina y en los que me tomaba una lata de cerveza y comenzaba a hacer el ridículo. Fue mucho el tiempo que dejé pasar porque francamente confiaba en que Matilde era la mujer de mi vida, y en base a eso fui escindiendo mis nexos con amigas y ex novias. Ahora por tonto debía comenzar desde cero.

Comencé por reestablecer el contacto con mis amigos, pero casi todos estaban casados o ad portas del matrimonio. Quedaban sólo unos pocos solteros. Otros se habían casado impulsados por el embarazo de sus novias, pero ya estaban tramitando el divorcio. A ninguno el matrimonio le duró más de un año.

Con este grupito salíamos los sábados, luego los viernes y los sábados. Comenzamos asistir a los happy hours de los jueves, luego también a los del miércoles. Pronto tuve que dejar de contestarles el teléfono e inventar excusas para quedarme en casa. Me intrigaba cómo, con trabajos tanto o más agotadores que el mío y más encima con hijos a los que debían educar y sacar a pasear, eran capaces de mantener un ritmo semejante de parranda. Pronto descubriría sus problemas con la cocaína.

Fue durante una de estas salidas nocturnas que conocí a Yacsa. Una madrugada de viernes después de deambular por Bellavista buscando algún bar abierto terminamos en el segundo piso de La Nona bebiéndonos un ron espantoso. Un grupo de jovencitas parloteaba en una mesa próxima, entre ellas Yacsa, quien amablemente se acercó a pedirme un cigarrillo. No fumo, respondí y ella rió y me desordenó el cabello como si me conociera desde siempre. Las chicas se unieron a nuestra mesa y mantuvimos una inocente plática. Yacsa estaba sorprendida con nuestra presencia en ese vertedero. Entre tanto imbécil y flaite, nosotros parecíamos un oasis en medio del erial. "Hasta el cardo es flor en el pantano" dije parafraseando al divino Hölderlin. Ella me quedó mirando como si hubiese sacado un conejo de mi vaso de ron.

Al despedirnos le pregunté si podríamos vernos en otra ocasión. Ella anotó en una servilleta su Msn y su Facebook y quedamos de contactarnos esa misma semana. Al otro día apenas llegué a la oficina llamé a mi sobrino para que me explicara cómo diablos se utilizaban dichas tecnologías.

Comenzamos a salir, a congeniar. Todo fue miel sobre hojuelas y en menos de un mes ya andábamos tomados de la mano como pololos. En ese periodo triste, su aparición fue para mí una bocanada de aire fresco, simplemente encantadora. La ignorancia había hecho de ella una persona feliz, capaz de regocijarse con lo más básico. No sabía de escritores, músicos, pintores, de nada. Para ella Dostoievski y Shostakovich eran sólo un par de rusos, tanto como lo podrían ser Stalin o el dr. Zhivago, no establecía diferencias entre ellos. Nada más opuesto a Matilde y sus visitas a la ópera, su cine de autor, con ella todo tenía que ser tan insoportablemente esnob que me veía obligado a hacer idioteces como pasear un poodle y gastar millones en decorar mi departamento con tonterías de las tiendas de diseño de Lastarria. Con Yacsa todo era distinto. Me daba risa que me llamara papito, que en sus caderas tuviera tatuado "si duele, mucho mejor". Me pareció genial que fuese tan recaliente y que accediera automáticamente a todas las picardías que con Matilde me significaban semanas de negociación y costosos regalos. Ahora bastaba llegar con una película comprada en la calle y con unos arrollados primavera para que se abalanzara a mis brazos y me llamara el amor de su vida.


A veces me pedía que la llevara junto a sus amigas a bailar a alguna discoteque. Ahí se divertían, todas vestidas igual, a lo J.Lo., con sus cuerpos al borde de la desnutrición pero con un par de tetas y un culo que ya quisieran las flacuchentas insípidas de los barrios pudientes. Los abdominales durísimos, horrendamente tatuados; algunas lucían las cicatrices de sus cesáreas. Yo, que no bailo, me limitaba a observarlas desde un rincón mientras bebía mi trago y conversaba intermitentemente con la gorda del grupo, a la que nunca nadie sacó a bailar. En la pista de baile las chicas parecían abstraídas por la música, mientras jóvenes de aspecto delictual se les acercaban, les hablaban al oído y bailaban restregándose contra sus cuerpos húmedos y suaves. Por suerte la gorda siempre se emborrachaba hasta quedarse dormida con la frente entre las rodillas, vomitándose los zapatos. Cuando eso sucedía ya era hora de partir.

Meses después Yacsa estaba instalada en mi departamento. Ni siquiera nos percatamos cómo iniciamos una vida de pareja. Todo estaba saliendo relativamente bien hasta el día en que mis padres me llamaron para anunciar su pronta visita desde Valdivia. No sabía cómo explicarles que poco después de mi ruptura con Matilde ya estaba viviendo con otra mujer, y nada menos que con una llamada Yacsa. También me complicaba pedirle a ella que se perdiera durante esos días. Se lo comenté una noche y me dijo que no me preocupara, que ella prepararía todo para que mis padres disfrutaran de una estadía inolvidable. Decidí confiar en ella, pero mi nerviosismo era tal que me provocó un desbarajuste estomacal. Sus palabras me reconfortaron pero no tanto como para que el malestar desapareciera. Yacsa fue a la farmacia y me trajo unos antidiarreicos que debía tomar religiosamente cada ocho horas.

Una semana después llegaron mis padres. Ese día me retiré temprano de la oficina y los fui a buscar al aeropuerto. Venían con mi hermano adolescente. En el auto les conté que había conocido a una muchacha y que temporalmente estaba viviendo conmigo. Ellos no le dieron mayor importancia, seguramente creyeron que estaba bromeando.
Al llegar tomamos al ascensor y a medida que ascendíamos fuimos sintiendo un penetrante olor a grasa. Mientras caminábamos por el pasillo hacia la puerta se fue intensificando hasta que fue incuestionable que el aroma provenía de mi departamento. Abrí y el aire viciado nos provocó un molesto escozor en los ojos, sobre todo a mi madre. Mi hermano reparó en la música, jamás pensé que te agradaba Wissin & Yandel, me dijo, yo lo miré extrañado y le bajé el volumen a la radio. ¿Ooh, qué pasó con la música? preguntó Yacsa en voz alta desde la cocina y apareció en el salón. Todos quedamos boquiabiertos. Lucía una minifalda diminuta, plateada, y un peto negro ajustadísimo que tenía estampado un Mickey de lentejuelas. Sus fabulosos senos hacían que las orejas del ratón se vieran como dos globos aerostáticos. Abrazó efusivamente a mi impactada madre. A mi padre le saludó con un beso en ambas mejillas y a mi hermano le dio un largo abrazo mientras éste deslizaba sus manos por su espalda.

-La cena está casi lista, aguántense un cachito.
-Huele bien
-Costillar a lo pobre, preparado con la receta de mamá

Yacsa volvió a la cocina y yo abrí las ventanas para ventilar un poco. Mi madre miraba fijamente algún lugar, sujetando su cartera con ambas manos, mientras mi padre me preguntaba por el trabajo y por mis planes de cambiar el auto. Mi hermano miraba insistentemente hacia la cocina.

La mesa estaba repleta de salsas y condimentos. Había también algunos adornos de pésimo gusto que quedaron de la Navidad anterior. Yacsa apareció cargando aparatosamente los cinco platos al mismo tiempo. Seguramente fue garzona, le dije a mi madre acariciándole sus manos, ella ni siquiera me miró.

-No me van a creer, estaba preparando el repollo y me pase a llevar el dedo con el rallador, así que si a alguien le aparece un pedazo de cuero en su plato le ruego que me disculpe.

Sentí caer tres cubiertos, entre ellos el mío. Mi hermano siguió comiendo como si nada. Mi madre durante toda la cena mantuvo una sonrisa tan tensa que daba la impresión que en cualquier momento los dientes le estallarían. Mi padre observaba y escuchaba con curiosidad y cada cierto rato me miraba extrañado. Yo me encogía de hombros y trataba de llevar la conversación hacia algo que no fuese farándula, o las teleseries, los temas preferidos de Yacsa.

Mi hermano reía con cada una de sus intervenciones. De hecho se llevaron muy bien. Si no hubiese sido por él y en menor medida por mi, los platos de mis padres hubiesen quedado intactos, con el consiguiente desaire para la cocinera.

Terminamos de comer y Yacsa recogió los platos. Luego se dirigió a mi madre.

-¿Luchador o jinete?
-...
-¿Luchador o jinete?
- No entiendo que me quiere decir con eso mijita.
-Que cómo quiere su piscola, cabezona como para luchador, o suave como para jinete.
-Ah no, no se preocupe, yo no bebo
- Yo quiero luchador, dijo mi entusiasta hermano. Mi padre ya se había servido un brandy por su cuenta.

Yacsa fue a preparar los tragos. En ese intertanto mi madre me tomó fuertemente del brazo y me preguntó si me había vuelto loco. Yo sólo sonreí y me sequé el sudor de la frente.

De pronto se escuchó la voz de Yacsa desde la cocina.

Uuh mi rey, ¿se acordó de tomarse el antidiarreico?

No aguanté más. Me paré y caminé decididamente hacia ella. La levanté de sus abultadas caderas, la voltee, le di una violenta bofetada y luego la besé impetuosamente. Después volví a la mesa, me senté en medio de mis padres y me puse a llorar. Les conté que si, que era verdad, que desde que Matilde me había abandonado las cosas no andaban muy bien y que más encima no lograba cagar sólido desde hace un par de semanas.

6 comentarios:

yus dijo...

yacsa? por favor dime q inventaste ese nombre... en todo caso, se ve harto mas entretenida q matilde... solo le falta aprender a hacer ensalada de repollo sin cueros.

yus dijo...

ah... debo confesar q me encanta el concepto ese de las ladas.

La Palo-ma dijo...

Puta desde que leí "La lada flaite", sabía que iba a estar bueno. y Tate. Genial Carloncho. Lo del peto de mickey fue una de los detallitos que más me hizo reir.

Cariños.

(p+)

Carlos Gato dijo...

Aunque resulte inverosímil efectivamente conocí alguna vez a una Yacsa, que en un principio creí que se escribía Yacsah, y que siempre pronuncié como Yacsaahh, extendiendo la última sílaba con un dejo como despues de beber el primer sorbo de una cerveza helada en un día de calor.
El concepto de Ladas despierta mucha empatía en las chiquillas porque todas, absolutamente todas, tienen su maña guardada o muy nítida a la vista.

"despierta a la Lada que hay en ti"

amor dijo...

entre la familia y yacsa, la elección está clara: yacsa

la decisión acertada siempre es la de futuro

mi saludo

Parke//Abandono dijo...

jojojojojo

NOTABLE

Mira, francamente, no soporto mucho a la gente que pueda o tenga la posibilidad de ponerle o llamarse YACSA.

Pero entre la familia, Matilde Y Yacsa.

Francamente me quedo con Yacsa.

Aunque bueno, estar solo representa acceder a muchos caminos con matices distintos.

Saludos.