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Virginia Humores V "Mi Raskolnikov amante"

Virginia Humores.
vendiendo cuellos de polar a las afueras de la casa de Kafka.
Praga. Republica Checa


Era el año 91’ o ’92. Llevaba una década radicada en Praga, aún Checoslovaquia, y gracias a mi arduo trabajo había logrado convertirme en una de las actrices más prestigiosas y mejor cotizadas del porno europeo. En esos años, los primeros post Guerra Fría, las productoras porno comenzaron a germinar atolondradamente, y los casting desbordaban de jovencitas provenientes de los países descolgados la órbita soviética. Todas esbeltas, con rostros angelicales y dispuestas a follar a cambio de un plato de comida...... La excesiva oferta hizo que a las pobrecitas les pagaran una miseria. Yo ya era una veterana, una milf, y aunque todavía me quedaban algunos años de actividad decidí alejarme de la industria y buscar horizontes más lucrativos.

Fue así como dejé de actuar y me transformé en una puta de lujo. Magnates, jeques y deportistas jubilados me pagaban cantidades grotescas de dinero para que los acompañase en las apoteósicas fiestas que brindaban en sus yates y palacios. Era un trabajo cómodo, rodeado de ostentación, del mejor champaña, la mejor cocaína. El cliente me paseaba asida a su brazo ante la mirada ansiosa de otros millonarios que se lamentaban por no haber tenido la ocurrencia de contratarme antes. Así pasaban mis jornadas laborales, sintiéndome como la más sofisticada mascota. A veces estos vejetes ni siquiera me follaban. Se limitaban a manosearme, lamerme, o sencillamente se quedaban sentados apreciándome, como si aún estuviese tras la pantalla del televisor, enfrentándome a virilidades que les hacían sentir dramáticamente inferiores.

Comencé a llevar una vida más relajada. Ya no había caprichosos horarios de rodaje ni extenuantes jornadas de promoción. Tenía mucho tiempo libre para pasear, visitar museos, y con curiosidad aventurarme en una vida hogareña. Todas las mañanas tomaba mi canasta e iba al mercado de la costanera del Moldava. Ahí me gustaba regatear a grito pelado el precio con los vendedores, me recordaba a mi natal Valparaíso, una costumbre muy común allá, pero que aquí sólo se atreven a hacer los vagabundos y los borrachos terminales.

En una de estas expediciones al mercado fue cuando conocí a Pépik. Yo peleaba por el precio de unas lechugas mientras el discutía con el tendero que lo acusaba de robarle un plátano. Pépik me miró y sonrió, dejó al tendero discutiendo solo y se ofreció a llevarme las bolsas a casa. En el camino me entretuvo contándome su vida. Era amable y medianamente educado. Parecía un estudiante de esos a los que les va pésimo. Llegamos a casa y lo invité a pasar, el aceptó y nos quedamos platicando hasta bien avanzada la noche. El nunca se insinuó, ni siquiera hizo un comentario cachondo, parecía más preocupado de que no se acabase el alcohol que de seducirme. Me habló de las sinfonías de Dvorak, de cine y los directores de moda, pero sobre todo me habló de libros. Yo lo escuchaba tratando de ocultar mi emoción: era la primera vez en mi vida que un hombre se me acercaba sin la intención de follarme.

Su aspecto desaliñado y su frágil supervivencia me recordaban a Rodia Raskolnikov, aquel febril personaje de Crimen y Castigo. A pesar de su incompetencia tan evidente, quemante, generaba esa inexplicable sensación de encontrarse frente a un extraordinario potencial. Los fantasmas de una gloria en cierne se desarrollaban lentamente en el, manifestándose en sus arrebatos, en su excesivo atrevimiento, los únicos puntos de conexión entre la genialidad genuina y la de utilería.

Era obvio que no me conocía. A esas alturas yo ya era un clásico, una lasciva obsesión que perseguía por la noche a los cuarentones. El tenía apenas 25 años. De haber visto alguna de mis películas debió ser apenas un niño, y a esa edad todas las tetas son inmensas y todas las vaginas parecen dulces, así se hace imposible distinguir una mujer desnuda de otra.

Bueno, además de su graciosa manera de hablar y de su caballerosidad de otro siglo, el muchacho era un animal en la cama. Pero aparte de eso no poseía mayor encanto. Cuando nos presentamos el se autodenominó poeta, pero a los pocos minutos de conversación pude apreciar que de ello no tenía más que la soberbia y el ego sobredimensionado. Sus poemas eran espantosos, groseros calcos de bardos lameculos que el jamás pensó que yo había leído, y que insistía en recitármelos en voz baja al oído, mirándome de vez en cuando y arqueando las cejas, a la espera de algún elogio o un gesto que evidenciara mi impacto ante tanta genialidad. A mi me daba una risa tremenda este fanfarrón que no paraba de enrostrar sus virtudes y de besarse a si mismo, pero opté por seguirle el juego e instarlo a publicar esos poemas atroces. Era lo mínimo que podía hacer por el, sentía que la comida y el vino que le proveía no bastaba para retribuir las fantásticas noches que el me estaba entregando. Yo lo mimaba, y a él eso le fascinaba. Mi tenue sentido maternal conjugó a la perfección con su complejo edípico, tanto como sus agitadas hormonas sincronizaron con mi oficio ya convertido en hábito. A pesar de eso me encantaba que en su casa tuviera que dormir bajo unos cartones, que pasara frío, que el hambre le impidiera conciliar el sueño. Eso lo colocaba deliciosamente violento, y ocurrente, exactamente lo que necesitaba a mis alarmantes 45 años. En el nadir de mi vida este cachorro imbécil era capaz de inocularle avidez a mi exagerada existencia.

Las visitas de Pépik se hicieron más recurrentes, y poco a poco fue trasladando sus cosas desde la pocilga en la que vivía. Fue una mudanza furtiva, imperceptible, como una gata trasladando a sus crías. En cada una de sus visitas dejaba un libro, un chaleco, cosas así. Resultó ser tan pobre que al cabo de una semana la mudanza estaba completa y ya lo tenía instalado en mi casa, ofreciéndose a cortar el césped y a clavetear algunos muebles. Accedí a su ofrecimiento y mientras lo hacía preparé una suculenta cena. Pépik concluyó sus labores domésticas, se bañó, cenamos, después subimos a la habitación a follar como bestias, tuvimos una breve conversación post amatoria y finalmente lo eché a la calle. Al principio creyó que estaba bromeando, pero pronto se dio cuenta que no valía la pena insistir y se marchó rezongando entre lágrimas. Yo me quedé mirando cómo lentamente se iba sumergiendo en la oscuridad, con su vieja maleta, sus cartones, era como ver al chavo del 8 saliendo de la vecindad cargando ese palo con una bolsa amarrada en un extremo. Me dio mucha risa pero no se porqué me la aguanté.

A la semana siguiente un magnate petrolero ruso me ofreció el dinero que yo acostumbraba a ganar en un año por irme con el en un crucero por la costa amalfitana durante la semana santa. No lo pensé dos veces y validé el pasaje de avión que me envió. De Pépik nunca más supe nada. Sólo está aquella carta que encontré bajo mi puerta un año después, sin remitente ni dirección de donde había sido enviada. El papel estaba arrugado, con marcas de lágrimas y aceite, muy de Pépik. Tenía escrito lo siguiente:

"He hecho todo lo que me sugeriste para olvidarte, dulce Virginia, me he follado todo lo que se me ha cruzado, pero hay noches en las que no logro traer ninguna mujer a casa. Esas noches me tiendo sobre la cama, sin luz, escuchando a esos jazzistas negros que tanto te gustaban, y comienzo a recordar aquellas noches en las que nos amábamos desaforadamente. Recordar, por ejemplo, esa vez que marqué con fuego mis iniciales sobre tu vagina triangular. O las tardes enteras que pasábamos asfixiándonos el uno al otro hasta bordear la inconsciencia. Cómo olvidar cuando atomizaste combustible sobre mi torso, formaste una pequeña fuente en mi ombligo y luego le prendiste lumbre, amarrado al catre presencié indefenso como la sangre hervía bajo la viva llama, desatando la inefable mixtura de dolor y placer insoportable que fuiste tu para mi. Esa vez mi carne humeante parpadeaba lánguida, como los últimos estertores de una vieja ampolleta..."

5 comentarios:

La Palo-ma dijo...

Virginia es una maestra.
Adoré laparte en que ella al mino a la calle, y elpiensa q estaba weviando.

Tal como debe ser.


saludos!

(p+)

Berrysand dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Berrysand dijo...

llegué a imaginarme la escena de Pépik llorando -sollozando- cuando Virginia lo hechó, aún con la cama caliente...

:)

es temprano :P

Vero Lostberry dijo...

Contundente relato con personajes muy bien estructurados… ¿de dónde salió mi comentario? Creo que me desdoblé

Carlos Gato dijo...

como dice aquel sabio adagio: "no nos veamos las suerte entre berries"

o como decía mi abuelito WWWOWWWW like a sex machine!!

DJ Asco