Un día mi madre, en nuestras largas conversaciones se puso seria y me dijo:
- Hija, creo que ya tienes edad suficiente para saber quien fue en realidad tu tía abuela.
Cuando mi madre adquiría ese tono de seriedad era porque estaba dispuesta a revelarme cosas de las cuales, cuando ya era una anciana católica, se hubiese arrepentido. Pero era joven, no tenía más de cuarenta años, aún bebía y salía con hombres a los que siempre los catalogaba de amigos. Mi madre era una mujer realmente sociable. Tal vez por eso me gustó tanto conocerles sus más íntimos secretos a mis amistades. No son tan difíciles de adivinar los secretos. El ocultismo masculino no dura más de 15 minutos, sabe a humedad de cuarto vacío, y huele a la peor de las leches de los orfanatos...
Ella se llamaba Octavia, y pasaba largas horas mirándose al espejo. Sin ser bella, tenía algo que llamaba la atención. Probablemente su temprana demencia. Más tarde, cuando seas un poco mayor entenderás que no hay nada en esta vida que atraiga tanto como la locura.
Sus conductas siempre fueron algo extravagantes. No era extraño que se pasara largas horas hablando con un esqueleto de un ciervo que su hermano cazó en un bosque. Era algo así como un tótem que se guardaba en uno de los dormitorios más tenebrosos de la casa. Después fue la tierra. Después los hombres, terminó siendo el convento. Cuando estaba cerca de los 16 años dijo que hablando con las osamentas del animal había descubierto su camino, y a nadie le pareció raro. Dicen que armó un bolso lleno de cosas inservibles y que se fue a cuidar enfermos en un pueblo sin agua potable ni luz, donde pasaba noches enteras pensando en su querido ciervo, a quien le hubiese gustado llevar, pero por motivos de espacio y paganismo, tuvo que dejar en la misma pieza oscura.
Para agradar a Dios comenzó a someterse a toda clase de torturas y laceraciones, incluso dicen que en un arrebato de pasión por el padre invisible llegó a coserse los labios vaginales con una aguja grande, de esas que se usan para arreglar los chalecos rotos. Dicen también que en esa época devoraba libros de las historias más crueles de los santos, y se maravillaba con las técnicas usadas para los martirios. Su santa favorita era Cristina, a quien su padre azotó sin piedad, colgó desde un árbol con ganchos enterrados en su espalda, intentó quemarla en aceite hirviendo, ahogarla atándole una piedra al cuello y lanzándola al Bolsena. De estos y otros innumerables martirios aprendió durante las noches, pensando en cual la haría sentir más dolor. Pero este ya se había anestesiado hace un tiempo, por lo que decidió probar con el asco: Desayunaba una taza de orina tibia de los enfermos y un pan con escupitajos de tuberculoso. De tentempié cuatro costras de pie diabético. De almuerzo un plato de excremento agusanado y la cena, querida hija, es mejor que no la sepas, puesto que podrías tener pesadillas.



































7 comentarios:
Puaj!!...y que mas sigue ?
Todo se hereda hija mía
Greta
Sin dudas la locura es una de las cosas más atrayentes. No es así lunática mía?...
alice no te conozco pero al parecer tienes una facinacion por los episodios asquerosos y sordidos cosa que em parece muy bien.
ta bueno el texto saludos
Creo que, si te lo propusieras, hasta podrías escribir bien.
Por ahora, es muy pobre el aporte.
Leonardo.
no faltan los saco de weas ignorantes como leonardo.
pORQUÉ HISTORIAS SIEMPRE RELACIONADAS CON TU MADRE?
que tiene ella?
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