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Gran espectáculo kitsch en honor a Pinochet

Veo en la tele a gente realmente violenta. Pero no se equivoque. No es una película de Steven Seagal. Tampoco es otra de las gracias de Al-Qaeda en Irak, ni algún reportaje del MEGA sobre delincuencia. Son señoras comunes y corrientes con las que usted se puede encontrar haciendo la fila para pagar la luz, o que puede ver cargada con bolsas, subiendo dificultosamente a una micro.

Esa rolliza dama a la que usted cedería su puesto en el transporte público, ahora corre tras un joven que viste una polera del Che Guevara. Cuando logra alcanzarlo, le pone una majestuosa patada en la espalda digna de las tocatas de Los Miserables. Mientras tanto, un sujeto de pelo corto con pinta de no haber quedado en la milicia por pie plano, lanza escupitajos certeros contra periodistas extranjeros.

El muerto aún no se enfría, y el ambiente en el Hospital Militar es de odio genuino. Miro a estas vehementes señoras de más cerca. Lucen casi todas iguales: pantalones, blusas color caqui, enormes lentes y pelo corto, rubio o colorín, mal teñido (Paty Maldonado Style). Todas portan banderas, fotos y chapas del finado. Gritan, entonan cánticos que no se escuchaban desde el plebiscito y, sobre todo, maldicen todo lo que no huela a pinochetismo.

Es gente humilde, eso se nota, porque los otros fanáticos de Pinochet -los que se hicieron ricos durante su gobierno- están adentro del hospital junto a los deudos.

Lo que estoy viendo no deja de ser paradójico, porque se tiende a pensar que el amor irrestricto al dictador es casi exclusivo del barrio Alto. Pero hay cosas en la vida no tan simple de entender ni de explicar. Pinochet también tiene fans club en las poblaciones, y son los que más defienden la obra económica del anciano, el neoliberalismo, el chorreo y la ley del embudo, de los que siguen siendo víctimas.

Entre las violentas dueñas de casa, asoma también algo de juventud. ¡¡¡Sí, la hermosa juventud!!! De lejos se ven algunas cabezas rasuradas. Es una rara mezcla de neonazis (con svásticas y todo) y "lolos bien", de esos que visten pantalón Dockers y camisas Polo, tipo dirigente estudiantil de la Universidad de Los Andes.

Una variopinta multitud está conmovida por la muerte de un dictador. La prensa extranjera mira el espectáculo sin poder creer lo que ve. ¿Cómo es que un personaje tan siniestro puede aún movilizar gente? A mí también me resulta incomprensible. De hecho, hasta llego a pensar que todo es un montaje, pero luego recuerdo que es el mismo gentío que gritaba para que el viejo fuera devuelto a Santiago, cuando estuvo cautivo en Londres. Lamentablemente, no es un montaje.

Desde el día en que murió Pinochet, un inmenso espectáculo kitsch se levantó en los sectores acomodados de la sociedad. Los escenarios fueron el hospital y la Escuela Militar. Fue como volver a los terribles años ochentas. Un patético circo de prepotencia, arribismo e ignorancia, lo peor que nos pudo heredar el dictador.

...Hasta que llegó ese día...


Por Alexander Litvinenko Calfunao

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LA TOMBOLETA POÉTICA

El juego se trata de lo siguiente: a continuación usted se enfrentará a una batería de poemas. Bajo cada uno habrá cinco alternativas de posibles autores, usted sólo debe elegir el que más le tinque. Envíenos sus respuestas en un comentario. No es aconsejable que marque su opción sobre el monitor, pero si insiste le sugerimos que ocupe un plumón de tinta no permanente.

Los ganadores pasarán al sorteo de una once con el equipo editorial, una once en la que no habrá ni té ni galletas, solo pilseners y palomitas de maíz saladas.

"No existe en este mundo algo más hermoso
que estar contigo,
Sentir latir tu corazón junto a mi mejilla.
Te amo tanto, que cuando estás ausente,
no encuentro solución para mi respiración"


  1. Dante d’Allighieri
  2. Mahoma
  3. Iván Luis Zamorano
  4. Ezra Pound
  5. Rabindranath Tagore


¡Huyan de las baratas niños lindos!
Esta barata tiene piernas
¡Súbanse niños a los guindos!
Esta barata come carnes tiernas.
Corrieron tanto que enfermaron de hernia,
Comieron tantas guindas que los trataron de indios.


  1. Jimmy Swaggart
  2. Armando Uribe
  3. Copérnica "nalgas de acero"
  4. A. Rimbaud
  5. Chuck Norris


El tedio camina junto a mí como un perro.
No logro deshacerme de él.
Ni él de mí.
Amor mío, lejana entelequia
Me niego a conjeturar tu muerte
Cuando te vea yerta e inalcanzable
Me echaré a tus pies como ese perro.
Y si pretendiera ir aún más allá
En la podredumbre de tu voluptuosidad
¿Lograría amarte entre los gusanos que emergen de tus abismos y la carroña que aguarda expectante?
Absolutamente.


  1. F. Hölderlin
  2. C. Boamorte
  3. V. Maiakovski
  4. Pablo de Rokha
  5. Augusto Pinochet III


"El sol posó su suave calor sobre la nieve complaciente, comenzó a disolverla entre arreboles reflejados en pequeños cristales, entonces ésta se iba derritiendo suave, extasiada y conforme. Mientras era bañada por aquel calor que había sentido tantas otras veces en distintas formas.
Pasó todo lo que tenía que pasar: el sol en su lento y seguro ascenso, cambió su forma, entro en ella, la hizo bullir, la moldeó y la elevó al cielo quitándole todo contenido; la nieve ya no era nieve, era algo lejano y voluble, esta envolvía los ases de luz y los hacia suyos, descomponiéndolos y pintándolos.
Completamente satisfecha, languideció, ocupó parte del sol y mientras éste se retiraba lentamente, ella se recostó sobre él, cubriéndolo, apoderándose de su calor, para volver a comenzar todo otra vez...
Desde las entrañas de la tierra al tálamo azul".


  1. Emilio Antilef
  2. Luz Clarita
  3. Ch. Baudelaire
  4. El Tenista Travesti
  5. A. Litvinenko Calfunao


Sin consideración, sin piedad, sin vergüenza
Han construido grandes y altos muros en torno a mí.
Y ahora estoy sentado aquí, desesperando.
No pienso en nada más: este destino roe mi mente;
Pues tenía mucho que hacer afuera.
¿Y por qué no los vi cuando levantaban los muros?
Pero nunca escuché el ruido o sonido de los constructores.
Imperceptiblemente me encerraron, fuera del mundo.


  1. El Tila
  2. Morrissey
  3. A. Litvinenko Calfunao
  4. C. Cavafis
  5. Sor Juana Inés de la Cruz


Suelo hablar dormido y balbuceo un nombre.
Y sueño que soy el paralítico que camina
El ciego que ve
La ceniza que se reagrupa

Por las mañanas sigo mascullando ese nombre
Pero ya voy convertido en un impulsor de doctrinas absurdas
Un cultor de habilidades inútiles
Que viaja de pie en el metro
Pensando q viaja en el tiempo
Que el tren son los punteros
Y que las estaciones son esos palos q señalan la hora

Una vez quise ser ventrílocuo, un mago
El árbol rojo caído que da inicio al bosque
Y seguí imaginando esos encuentros sin búsqueda
Y ensayé mil maneras de decir: hola, que tal, encantado
Hasta que todas las lunas cayeron con estrépito
Sobre los puentes que tendí entre abismos.
EL ALMA ES LIBRE CUANDO EL CRÁNEO ESTALLA EN LA PIRA


  1. C. Boamorte
  2. William Blake
  3. Willy Sabor
  4. A. Pushkin
  5. M. Santiago Papasquiaro


La madre es el mamut
Desaparece en la noche del tiempo
Pero de noche aparece el mamut
Mujer de coitos, por ejemplo
Que emboca vulva al miembro
Y enarca la testuz…
TÚ, TÚ, TÚ.


  1. El Manteca González
  2. C. Boamorte
  3. El Divino Anticristo
  4. Armando Uribe
  5. A. Litvinenko Calfunao

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Scaramelli: el calvario de un chileno con temple

Imagine que a usted le tocó ser joven durante los locos años 80’s. Posee una preciosa cabellera y alguna vez le regalaron una de esas guitarras híbridas que tienen teclado. Mientras la dictadura tenía a este país sumido en la mierda y en el absoluto oscurantismo musical, usted tiene un primo en el extranjero que le envía discos de bandas que la están rompiendo en Europa. Si su primo escucha puras huevadas, usted irremediablemente se convertirá en un músico malo.

Continuemos con esta hermosa fantasía. Forma una banda con otros jóvenes idénticos a usted, pletóricos de ideas, optimistas, apolíticos y todos con preciosas cabelleras. El éxito es inmediato. Pronto su banda es el show estelar en la prestigiosa y exigente Quinta Vergara y las calcetineras se desmayan cuando usted realiza movimientos sexies.

No tarda en sentir que sus compañeros no están al nivel de sus inquietudes musicales y poéticas y decide aventurarse en una carrera como solista. Le va excelente y vuelve a triunfar en el Festival de Viña. Una tarde de invierno usted está sentado junto a sus hijos en el acogedor salón de su casa, esperando a que su hermosa mujer les avise que la cena está servida. Observa el fuego en la chimenea mientras afuera llueve como en la Biblia. Usted piensa en sus logros, en su éxito, en la fama, echa un vistazo al pasado y queda sepultado por una avalancha de recuerdos gratos. Es en ese instante cuando usted respira hondamente y lanza una de esas frases cliché como "si volviera a nacer haría exactamente lo mismo", o "soy exactamente lo que quiero ser" o, peor aún, "no me puedo quejar, soy un agradecido de la vida".

Si este sueño se hiciera realidad, usted se llamaría Alvaro Scaramelli y le aseguro que en ese momento ni siquiera sospecharía la pesadilla que se le avecina.

Todo comenzó cuando la hermosa casa donde Álvaro profería esas frases clichés que provocan arcadas, quedó hecha un desastre con los aluviones del 97, y cuando ya había superado el mal rato y planeaba la reconstrucción, se le incendió. Su mujer, guiada por esa inefable intuición propia de las arpías, creyó que ese era el momento indicado para abandonarlo y más encima impedirle ver a sus hijos. No hay nada más doloroso que el rechazo del ser amado, es un infierno que solo se puede apagar con alcohol, mucho alcohol. Uno anda desmotivado, débil. Es común enfermar, dejar de comer, palidecer. Pero si en ese estado de absoluta vulnerabilidad te ataca la bacteria asesina es porque Dios, el Destino y el Cosmos quieren verte hecho pedazos. Como para tirarse al metro, si es que se sobrevive.

Pero Álvaro sobrevivió y siguió componiendo y cantando. Tiempo después lo asaltaron en la calle y ante su valerosa resistencia los desgraciados le fracturaron el cráneo a puñetazos. A los que hemos sobrevivido a palizas y botellazos en la cabeza esto no deja de sorprendernos. Para que te fracturen el cráneo de un combo tendría que pegarte una bestia como Mike Tyson.

Inolvidable fue esa vez que a beneficio de la Teletón participó en la típica pichanga estúpida entre artistas y periodistas. Una pichanga inocua por donde se le mire, pero nuestro héroe venía en racha y en la jugada más irrelevante del partido le destrozaron la pierna de una patada. Salió en camilla y cubriéndose el rostro con las manos, como los futbolistas. Parecía ir preguntándose mentalmente "¿por qué a mi, Señor? "

Después apareció en el tele liderando una cruzada anti piratería. Estaba frente a las cámaras dando toda esa lata de "no mates la música" cuando apareció un par de esas viejas que venden discos en la calle y lo encararon arguyendo que jamás en la historia se había pirateado un disco de él por la sencilla razón de que su música generaba cero interés.

Pero Álvaro es tenaz. Al día siguiente se le ocurrió la brillante idea de salir a vender él mismo sus discos a la calle, citó a los medios y… adivine qué, llegaron los pacos y se lo llevaron preso. No me sorprendería que en la comisaría los borrachines y heladeros hubiesen intentado violarlo.

"No me ha pasado nada malo, por el contrario, estoy feliz de recibir estos hechos como bendiciones en mi vida, bendiciones que me han hecho crecer espiritualmente". Ni Job hubiese sido capaz de enfrentar la calamidad como este pedazo de chileno. (Los que no cacharon la comparación lean la Biblia, hace bien).
El glorioso marqués de Sade, cuando le preguntaban por qué no dejaba de escribir las obscenidades que lo llevaron a la cárcel y a la ruina, respondía con una frase escalofriante: "En la adversidad el artista florece".

Este mismo fenómeno debió experimentar Scaramelli, que luego de esa concatenación de infortunio lanzó un disco, que para variar le hizo ganar el Festival de Viña.

Luego cayó en un prolongado silencio que nadie notó. Se dedicó a producirle discos a los Axé Bahía, alcanzando un fugaz éxito mediático pero sin mérito musical alguno.

Apareció en el Rojo Vip, un programa de TV que buscaba revivir a viejas glorias de la canción pero que prácticamente acabó sepultándolas para siempre. No ganó, pero le fue bien (En una de sus presentaciones se le olvidó la letra).

Ahora se dedica a fotografiar el aura de las personas con una cámara especial que capta la energía y según el color califica el ánimo (?). Compuso un tema para el Festival de Viña de este año, inspirado en la gordita Bachelet, el coro dice: "Son las mujeres, al mando del país, las mujeres. Al mando del control de la tele, al mando de la sexualidad... ", apuesto a que le ira macanudo porque aborda un tema "súper contingente", además en el proyecto lo acompañan dos monstruos que están más vigentes que nunca, dos avales de éxito: Peter Rock y Miguelo.

Ojalá gane, se lo merece.

p.d.: Este artículo fue escrito la semana pasada. Acabo de enterarme que el miércoles eligieron la canción que representaría a Chile en Viña y lamentablemente el Rat Pack chileno (Peter Rock, Miguelo y nuestro héroe Scaramelli) fue descalificado.

Escucha la canción "Déjenme"
boomp3.com

Por Casimiro Boamorte Chirimoyanovic

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De Santiago, con amor

Simplemente no tolero que mi linda ciudad sea invadida por gente de provincias. No, no, no. Peor aún si esta gentuza es tan malagradecida. ¿Hasta cuándo vamos a tolerar a huasos ladinos caminando por nuestras avenidas como si el tiempo no valiera nada y la vida fuera eterna?

Estoy harto de estar rodeado de gente con olor a plasta y pastizal, y que vive maldiciendo la ciudad que los cobija. Por eso, llamo a desenfundar el sable contra todo aquel compañero de curso o de trabajo que en una crisis de nostalgia por su terruño, ose denostar tu metrópolis. ¡Si echas tanto de menos Pozo Almonte, ándate a tu pampa, bruto de mierda, y dedícate a arriar güanacos!

Por eso, queridos santiaguinos, los llamo a que cada vez que ustedes vayan de peatones por la vida, apurando el tranco, como buen capitalino, tomen medidas drásticas contra el gil que va adelante y que impide que camines a un ritmo de ciudad más o menos civilizada. De seguro ese sujeto es un ilustre turista rural. Cuando esto suceda, no dudes en gritarle: ¡¡¡Devuélvete a Petorca, huaso conchetumadre, no ves que voy apurado!!! (Puedes reemplazar Petorca por Catemu, Curepto, Limache, Chillán, Concepción, Vallenar, o cualquier otro pueblucho u aldea pintoresca de nuestra patria grande. Para el caso, dará lo mismo).

Si de algo estoy seguro en esta vida, es que nadie que se sienta orgulloso de haber nacido en San Fernando, vale la pena.

Además, es imposible alcanzar la felicidad plena si sólo se tiene acceso a tres o cuatro emisoras FM.

Así que hijos de nuestra preciosa capital, a tomar represalias contra esos que hablen de "santiasco" y a enorgullecerse del Paseo Ahumada, ícono de nuestra civilidad y de nuestra refinada cultura metropolitana.

Continuará...

Por Urbano Citadinno Smogstress

*El profesor Citadinno es un destacado académico e intelectual, autor de los libros "Nacer y morir en el zanjón", "Cuando calienta el sol, aquí en la playa de Lavín" y del aclamado artículo de análisis "Métanse el aire puro por el chico".
*También es fundador de la prestiogiosa ONG "Por un Chile más centralizado".

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El Axolotl

Julio Cortázar

Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl. Iba a verlos al acuario del Jardín des Plantes y me quedaba horas mirándolos, observando su inmovilidad, sus oscuros movimientos. Ahora soy un axolotl.

El azar me llevó hasta ellos una mañana de primavera en que París abría su cola de pavo real después de la lenta invernada. Bajé por el bulevar de Port Royal, tomé St. Marcel y L’Hôpital, vi los verdes entre tanto gris y me acordé de los leones. Era amigo de los leones y las panteras, pero nunca había entrado en el húmedo y oscuro edificio de los acuarios. Dejé mi bicicleta contra las rejas y fui a ver los tulipanes. Los leones estaban feos y tristes y mi pantera dormía. Opté por los acuarios, soslayé peces vulgares hasta dar inesperadamente con los axolotl. Me quedé una hora mirándolos, y salí incapaz de otra cosa.

En la biblioteca Saint-Geneviève consulté un diccionario y supe que los axolotl son formas larvales, provistas de branquias, de una especie de batracios del género amblistoma. Que eran mexicanos lo sabía ya por ellos mismos, por sus pequeños rostros rosados aztecas y el cartel en lo alto del acuario. Leí que se han encontrado ejemplares en África capaces de vivir en tierra durante los períodos de sequía, y que continúan su vida en el agua al llegar la estación de las lluvias. Encontré su nombre español, ajolote, la mención de que son comestibles y que su aceite se usaba (se diría que no se usa más) como el de hígado de bacalao.

No quise consultar obras especializadas, pero volví al día siguiente al Jardin des Plantes. Empecé a ir todas las mañanas, a veces de mañana y de tarde. El guardián de los acuarios sonreía perplejo al recibir el billete. Me apoyaba en la barra de hierro que bordea los acuarios y me ponía a mirarlos. No hay nada de extraño en esto porque desde un primer momento comprendí que estábamos vinculados, que algo infinitamente perdido y distante seguía sin embargo uniéndonos. Me había bastado detenerme aquella primera mañana ante el cristal donde unas burbujas corrían en el agua. Los axolotl se amontonaban en el mezquino y angosto (sólo yo puedo saber cuán angosto y mezquino) piso de piedra y musgo del acuario. Había nueve ejemplares y la mayoría apoyaba la cabeza contra el cristal, mirando con sus ojos de oro a los que se acercaban. Turbado, casi avergonzado, sentí como una impudicia asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles aglomeradas en el fondo del acuario. Aislé mentalmente una situada a la derecha y algo separada de las otras para estudiarla mejor. Vi un cuerpecito rosado y como translúcido (pensé en las estatuillas chinas de cristal lechoso), semejante a un pequeño lagarto de quince centímetros, terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestro cuerpo. Por el lomo le corría una aleta transparente que se fusionaba con la cola, pero lo que me obsesionó fueron las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, en uñas minuciosamente humanas. Y entonces descubrí sus ojos, su cara, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por mi mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior. Un delgadísimo halo negro rodeaba el ojo y los inscribía en la carne rosa, en la piedra rosa de la cabeza vagamente triangular pero con lados curvos e irregulares, que le daban una total semejanza con una estatuilla corroída por el tiempo. La boca estaba disimulada por el plano triangular de la cara, sólo de perfil se adivinaba su tamaño considerable; de frente una fina hendedura rasgaba apenas la piedra sin vida. A ambos lados de la cabeza, donde hubieran debido estar las orejas, le crecían tres ramitas rojas como de coral, una excrescencia vegetal, las branquias supongo. Y era lo único vivo en él, cada diez o quince segundos las ramitas se enderezaban rígidamente y volvían a bajarse. A veces una pata se movía apenas, yo veía los diminutos dedos posándose con suavidad en el musgo. Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos.

Fue su quietud la que me hizo inclinarme fascinado la primera vez que vi a los axolotl. Oscuramente me pareció comprender su voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente. Después supe mejor, la contracción de las branquias, el tanteo de las finas patas en las piedras, la repentina natación (algunos de ellos nadan con la simple ondulación del cuerpo) me probó que eran capaz de evadirse de ese sopor mineral en el que pasaban horas enteras. Sus ojos sobre todo me obsesionaban. Al lado de ellos en los restantes acuarios, diversos peces me mostraban la simple estupidez de sus hermosos ojos semejantes a los nuestros. Los ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar. Pegando mi cara al vidrio (a veces el guardián tosía inquieto) buscaba ver mejor los diminutos puntos áureos, esa entrada al mundo infinitamente lento y remoto de las criaturas rosadas. Era inútil golpear con el dedo en el cristal, delante de sus caras no se advertía la menor reacción. Los ojos de oro seguían ardiendo con su dulce, terrible luz; seguían mirándome desde una profundidad insondable que me daba vértigo.

Y sin embargo estaban cerca. Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl. Lo supe el día en que me acerqué a ellos por primera vez. Los rasgos antropomórficos de un mono revelan, al revés de lo que cree la mayoría, la distancia que va de ellos a nosotros. La absoluta falta de semejanza de los axolotl con el ser humano me probó que mi reconocimiento era válido, que no me apoyaba en analogías fáciles. Sólo las manecitas... Pero una lagartija tiene también manos así, y en nada se nos parece. Yo creo que era la cabeza de los axolotl, esa forma triangular rosada con los ojitos de oro. Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.

Parecía fácil, casi obvio, caer en la mitología. Empecé viendo en los axolotl una metamorfosis que no conseguía anular una misteriosa humanidad. Los imaginé conscientes, esclavos de su cuerpo, infinitamente condenados a un silencio abisal, a una reflexión desesperada. Su mirada ciega, el diminuto disco de oro inexpresivo y sin embargo terriblemente lúcido, me penetraba como un mensaje: «Sálvanos, sálvanos». Me sorprendía musitando palabras de consuelo, transmitiendo pueriles esperanzas. Ellos seguían mirándome inmóviles; de pronto las ramillas rosadas de las branquias se enderezaban. En ese instante yo sentía como un dolor sordo; tal vez me veían, captaban mi esfuerzo por penetrar en lo impenetrable de sus vidas. No eran seres humanos, pero en ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo. Los axolotl eran como testigos de algo, y a veces como horribles jueces. Me sentía innoble frente a ellos, había una pureza tan espantosa en esos ojos transparentes. Eran larvas, pero larva quiere decir máscara y también fantasma. Detrás de esas caras aztecas inexpresivas y sin embargo de una crueldad implacable, ¿qué imagen esperaba su hora?

Les temía. Creo que de no haber sentido la proximidad de otros visitantes y del guardián, no me hubiese atrevido a quedarme solo con ellos. «Usted se los come con los ojos», me decía riendo el guardián, que debía suponerme un poco desequilibrado. No se daba cuenta de que eran ellos los que me devoraban lentamente por los ojos en un canibalismo de oro. Lejos del acuario no hacía mas que pensar en ellos, era como si me influyeran a distancia. Llegué a ir todos los días, y de noche los imaginaba inmóviles en la oscuridad, adelantando lentamente una mano que de pronto encontraba la de otro. Acaso sus ojos veían en plena noche, y el día continuaba para ellos indefinidamente. Los ojos de los axolotl no tienen párpados.

Ahora sé que no hubo nada de extraño, que eso tenía que ocurrir. Cada mañana al inclinarme sobre el acuario el reconocimiento era mayor. Sufrían, cada fibra de mi cuerpo alcanzaba ese sufrimiento amordazado, esa tortura rígida en el fondo del agua. Espiaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad en que el mundo había sido de los axolotl. No era posible que una expresión tan terrible que alcanzaba a vencer la inexpresividad forzada de sus rostros de piedra, no portara un mensaje de dolor, la prueba de esa condena eterna, de ese infierno líquido que padecían. Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos. Por eso no hubo nada de extraño en lo que ocurrió. Mi cara estaba pegada al vidrio del acuario, mis ojos trataban una vez mas de penetrar el misterio de esos ojos de oro sin iris y sin pupila. Veía de muy cerca la cara de una axolotl inmóvil junto al vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

Sólo una cosa era extraña: seguir pensando como antes, saber. Darme cuenta de eso fue en el primer momento como el horror del enterrado vivo que despierta a su destino. Afuera mi cara volvía a acercarse al vidrio, veía mi boca de labios apretados por el esfuerzo de comprender a los axolotl. Yo era un axolotl y sabía ahora instantáneamente que ninguna comprensión era posible. Él estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario. Conociéndolo, siendo él mismo, yo era un axolotl y estaba en mi mundo. El horror venía -lo supe en el mismo momento- de creerme prisionero en un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con mi pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl, condenado a moverme lúcidamente entre criaturas insensibles. Pero aquello cesó cuando una pata vino a rozarme la cara, cuando moviéndome apenas a un lado vi a un axolotl junto a mí que me miraba, y supe que también él sabía, sin comunicación posible pero tan claramente. O yo estaba también en él, o todos nosotros pensábamos como un hombre, incapaces de expresión, limitados al resplandor dorado de nuestros ojos que miraban la cara del hombre pegada al acuario.

Él volvió muchas veces, pero viene menos ahora. Pasa semanas sin asomarse. Ayer lo vi, me miró largo rato y se fue bruscamente. Me pareció que no se interesaba tanto por nosotros, que obedecía a una costumbre. Como lo único que hago es pensar, pude pensar mucho en él. Se me ocurre que al principio continuamos comunicados, que él se sentía más que nunca unido al misterio que lo obsesionaba. Pero los puentes están cortados entre él y yo porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre. Creo que al principio yo era capaz de volver en cierto modo a él -ah, sólo en cierto modo-, y mantener alerta su deseo de conocernos mejor. Ahora soy definitivamente un axolotl, y si pienso como un hombre es sólo porque todo axolotl piensa como un hombre dentro de su imagen de piedra rosa. Me parece que de todo esto alcancé a comunicarle algo en los primeros días, cuando yo era todavía él. Y en esta soledad final, a la que él ya no vuelve, me consuela pensar que acaso va a escribir sobre nosotros, creyendo imaginar un cuento va a escribir todo esto sobre los axolotl.

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Chocolatines para la reconciliación

Desde Washington

Ahora que tan de moda se encuentra el temita Pinochet, recuerdo una anécdota que me contó con mucha gracia una tía en relación a esta familia.

Mi tía, cansada de la escases de oportunidades en Chile, emigró hacia Brasil hacia el año 80'. Vivía en Rio de Janeiro. Trabajaba ella en una tienda de chocolates finísimos, ubicada en plena Copacabana, y ahí mismo hacían trufas, fondant y delicias belgas como los pralines. La pirula clientela estaba conformada por señoras de alto linaje, políticos, personajes del Jet Set, turistas distraídos, y primeras damas.

Una tarde cualquiera, habiendo llegado mi tía a la chocolatería luego de ausentarse brevemente por trámites personales, le cuenta su amiga y dueña de la tienda, que había acabado de pasar por allí una señora muy empingorotada, llamada Lucia Pinochet, que deseaba encargar unas trufas y pralines, para su mamá, ya que se encontraban de vacaciones en Rio, hospedadas en el super chick hotel Copacabana Palace. Contaba la amiga de mi tía que muy cordialmente le hizo saber a la Sra. Pinochet que se las prepararía especialmente deliciosas, que se las harían llegar directamente al hotel y que le agradecía mucho haber visitado su tienda.

Al llegar mí tía, y estando los chocolates listos para ser entregados, su amiga procedió a contarle los detalles de la reciente visita. Mi tía no podía creerlo, tenía frente suyo los chocolates de la esposa, confidente y cómplice del sanguinario dictador y compatriota. ¿Qué hacer? ¿Envenenar los chocolates? con qué? no, no, muy evidente y arriesgado para la chocolatería... ¿Ponerle una bomba, y volarle la cabeza cuando abriera la caja la vieja gorda golosa? Qué sabía mi tía de bombas, si se había pasado la vida haciendo cosas lindas con sus manos encantadoras...

"Pidiendo chocolates finos la muy p*, mientras en Chile la gente pasa hambre a palos", pensó mi tía, mientras una maldad que desconocía envenenaba sus pensamientos y asolaba su eterna bondad. Acto seguido, resolvió decidida: "No voy a perder la finura ni la sutileza, pero tampoco la oportunidad", y procedió a lamer chocolate por chocolate, praline por praline, trufa por trufa, dejando unos más jugosos que otros, ubicándolos en la correspondiente casilla de la elegante caja, mientras su amiga y ahora cómplice, le daba risueña la licencia de vengarse y proceder de forma tan emocional ante el encargo de un cliente...

Recuerdo esa anécdota en honor a la impunidad del finado Pin8, una persona a la cual no se le puede tener respeto ni mismo muerto. En su foto en el féretro se ve gordito, sólo algo pálido, quizá por el maquillaje, pero bien, muy bien alimentado. ¿Cuántos chocolates y pralines habrán pasado por esa boca de sapo gigante?, ¿cuantos restos de costillares de chancho, champaña y vino habrán corrido por las comisuras de su boca mal oliente?

El escupo inmortalizado del nieto de Prats en el féretro del finado, las lamidas de mi tía querida en los chocolates de la ahora viuda, son tan solo muestras sutiles y elegantísimas del odio que deja la estela de aquel General, que muy por el contrario actuó ante sus disidentes con la inteligencia y sutileza de una estampida de toros, y que se fue sólo para dejar apestado por todos lados a fiambre en descomposición.

Y que no me hablen de reconciliación pues no hay nada que este país necesite menos, pues tampoco ocurrirá nunca. Menos cuando es tan común escuchar discursos que alaban la obra y justifican la severidad de la mano de Pinochet para lograr un supuesto éxito económico, sin comprender lo absurdo que significa bajar la inflación a punta de balazos. La violencia, el egoísmo y la gula fueron puestos en evidencia el 11 de septiembre del 73' por Pinochet. Aquellos que hicieron parte de la fiesta del 73' (y que la siguen celebrando y justificando) hacen parte de un tipo de chileno violento, egoísta, goloso e ignorante, con el cual no quiero ni necesito reconciliarme.

(***)Un aporte exclusivo del corresponsal de "BITACORETA.ORG" para "LGA", desde la capital del imperio.

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Nick Drake: Vivir lo que se canta

Nick Drake desde pequeño fue observador, preocupado y pasaba gran parte del tiempo solo. Aprendió a tocar el piano muy niño y su compositor preferido fue J. S. Bach. Pronto descubrió a los Beatles e, inspirado por ellos, les pidió a sus padres una guitarra y comenzó a componer canciones extremadamente depresivas. Más tarde aprendió a tocar el clarinete, la flauta y el saxofón, integrándose a una banda de Jazz formada en el colegio.

Nick padecía de una extrema baja autoestima, temía al contacto con la gente, especialmente con las chicas. Se dice que sólo se declaró una vez en su vida, teniendo resultados desastrosos (se especula una posible homosexualidad reprimida de Drake, la cual daría sentido a muchas de sus actitudes a lo largo de su vida). A causa de esto, Nick comienza a crear todo un mundo totalmente opuesto en su música y su poesía.

Mas adelante se fue a estudiar Literatura Inglesa a Cambridge. Esto sólo fomentó su melancolía, abandonó el atletismo y se dedicó netamente a leer poesía, fumar pitos y componer. Su talento de cantautor se extendió por todo Cambridge, hasta que llegó a los oídos de un productor, quien le pidió un demo.

Fue así como con su guitarra y acompañado sólo de un cello y un contrabajo, produjo su primer disco, llamado "Five Leaves left", el título es una alusión a los papelillos Rizla. El álbum fue admirado por la crítica, pero no se vendió bien. Dio una serie de conciertos en pubs (siempre tocando con la cabeza gacha mirando sus zapatos), volviendo deprimido de estos ya que notó que el público de esos pubs estaba más interesado en conversar y beber que ir a escuchar su música. Jamás lo volvió a intentar.

Luego de la decepción, Nick se encerró a componer nuevamente. Abandonó su carrera en Cambridge, faltándole un año para egresar y se fue a vivir al campo, pasando mucho frío y soledad. Ahí compuso su segundo disco "Bryter Layter", en el que añadió el piano, el saxo y las flautas, pero siempre manteniendo la guitarra y sus melancólicas letras. Los productores llamaron a este álbum una completa obra maestra, pero el disco se vendió muy mal, creando una decepción aún más grande en Drake.

Después de esto, pasó los últimos cuatro años de su vida sumido en una honda depresión. Aceptó visitar un psiquiatra luego de la insistencia de sus padres. Se le diagnosticó una depresión endógena y le recetaron diferentes antidepresivos, con los cuales era inconstante.

Tardó dos noches en componer y grabar su tercer disco, "Pink Moon". El disco sólo incluía su voz, su guitarra y unos cuantos arreglos de piano y no duraba más de 30 minutos. Drake dejo la cinta master en la recepción de Island Records, siendo esta encontrada días después. El álbum fue aún menos vendido que sus antecesores.
Luego de "Pink Moon", la salud mental de Nick empeoró, autoingresándose nuevamente a un hospital psiquiátrico. Sólo soportó cinco semanas ahí. Nick ya no le encontraba sentido alguno a la vida, se autodenominaba como "muerto por dentro".

Tras esto, Drake decidió dejar de cantar, sintiéndose feliz nuevamente, pero no de componer.

Nick solía dormir hasta tarde, pero ya era mediodía y su madre fue a ofrecerle desayuno. Cuando abrió la puerta se encontró con una serie de discos botados alrededor del tocadiscos y sonaba uno de los conciertos de Branderburgo de Bach. Era el 23 de Noviembre de 1974 y Nick Drake yacía muerto sobre su cama a causa de una sobredosis de Tryptizol, un antidepresivo que Drake solía tomar. No dejó ninguna nota, ni nada por el estilo.

Escucha las canciones "Fly" y "Cello Song"

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Por Casimiro Boamorte Chirimoyanovic

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Los Straight Edge (o the punk not meat)

Generalmente quienes no conocen el punk en toda su magnitud lo relacionan con los siguientes estereotipos: ese joven rancio, pelado y confundido que machetea en la feria artesanal del Santa Lucía. Ese otro joven rancio con el pelo de colores que atiende en la botillería de Macul con Grecia. Unos muchachos degustando un ron Silver con Pap sentados en la línea del tren y tarareando una canción de Fiskales. Una chiquilla que escupe, anda siempre triste y que basta con que le rebajen la mesada para que intente suicidarse.

Pocos podrían imaginarse a unos muchachos que no beben ni se drogan, que son vegetarianos y que se manifiestan en contra del maltrato animal.
Ellos son los Straight Edge (camino recto), o SXE, la derivación más delirante que pudo haber sufrido el punk hardcore en cuanto a ideología y estilo de vida.

Algunos adolescentes de la generación de recambio, apestados del discurso "No Future" que tenía a todos los músicos y seguidores al borde de la sobredosis, decidieron crear sus propias bandas para expresar su rechazo a las drogas y reemplazaron el mensaje pesimista por ideas más constructivas. Del punk sólo asimilaron el ateísmo, la autogestión, la política antisistémica y extirparon todo lo que consideraron nocivo. Su símbolo es una X y es una alusión a las tocatas en las que para no vender alcohol a los menores de edad, les marcaban una X en la mano.

Teen Idles, Minor Threat son las bandas precursoras de este movimiento que fue adquiriendo notoriedad y prendió rápidamente en Iu.Es.Ei. y Europa.

Lo curioso es que bajo esta tendencia se fue articulando una comunidad bastante ecléctica. Además de los punketas nihilistas y antitodo, hubo jóvenes cristianos, mormones, hare krishna, vegetarianos, activistas ecológicos, etc. que encontraron en el SXE un espacio donde compartir y desarrollar no sólo la música, sino que también sus ideales de una vida recta y pura. Para ellos someterse a estas reglas es manifestar el respeto por la mente y el cuerpo, el sexo opuesto y los demás miembros de la comunidad. Una mente sana permite identificar las causas del "deplorable estado de las cosas" y a partir de ellas pensar en la solución.

Quienes llevan esta filosofía de vida al extremo le dicen NO a las drogas, NO a cualquier alimento que implique la muerte o explotación animal, NO al sexo. Si le suena descabellado, le recuerdo que aún existe gente que desea convertirse en sacerdote o en monja. Los amigos del SXE optan por este camino deliberadamente, escuchando y creando buena música. Además son bastante herméticos con su ideología, no molestan a nadie porque no les interesa añadir adeptos. No es fácil reconocerlos ya que visten de manera similar a otras tendencias que derivan del punk. Claro que si ve a un guatón con la mansa caña empinándose un schop a las 10 de la mañana es obvio que no tiene nada que ver con el SXE, aunque calce de esas Converse que parecen calcetines y lleve una polera de Fugazi.

Como era predecible, tenían que aparecer los imbéciles de siempre que lo arruinan todo y este movimiento no tardó en verse colmado de fanáticos que salían a repartir balazos a quienes pillaban comiéndose un completo o tomándose una fría. Muy en la onda de nuestros espectaculares skinheads neonazis, creyeron que para llevar una vida recta y ascética era imprescindible ser intolerante, homofóbico y racista.

Acá en Chile tenemos nuestra propia colonia SXE. Claro, usted experimentará una inmediata desconfianza porque está acostumbrado a ver metaleros escuchando Depeche Mode y rastafaries fumando paraguayos, pero le aseguro que estos muchachos están ajenos a esa dualidad o al menos resultan bastante convincentes. La música es excelente, aunque resulta difícil no relacionar toda la potencia del hardcore con una orgía de cocktails y "cosita más linda" (clorhidrato). Claro que en estas tocatas no hay alcohol ni drogas, pero hay puestos donde se puede comprar hamburguesas de soya o panqueques rellenos de vegetales, todo acompañado de una refrescante naranjada.
¿Alguien se atreve?

Por Casimiro Boamorte Chirimoyanovic

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Apocalypse Now

Como en la edición anterior recomendamos una porquería de cortometraje y a pesar del evidente sarcasmo, hubo gente que lo encontró "precioso". Esta vez asumiremos nuestra responsabilidad social y recomendaremos una película inmortal, avalada por las 74 veces que la he visto.

En su azarosa juventud, Joseph Conrad navegó el río Congo a bordo de un bergantín, en ese entonces el Congo era colonia belga. Nunca imaginó que ese viaje lo haría explorar las más aterradoras profundidades de la corruptibilidad humana. La esclavitud, la devastación y la infamia que presenció lo marcó de por vida. Todo ese horror lo plasmó en su novela "Heart of Darkness".

Apocalypse Now es la adaptación libre que hizo Francis Ford Coppola de la novela de Conrad. Ambientada en la guerra de Vietnam, era el escenario perfecto para plasmar el abuso de poder y la alienación de un ejército ineficaz. Un denominador común en la historia de los gringos, basta con ver el ridículo que están haciendo actualmente en Irak y en Afganistán.

Al capitán Willard se le ha encomendado la misión de localizar y eliminar al coronel Kurtz, un comando condecorado que, aburrido de la inoperancia de sus mandos y del débil carácter de sus soldados, decide pelear una guerra paralela contra vietnamitas y norteamericanos. Para ello, forma un ejército de nativos que lo adoran como un Dios.

Para llegar a Kurtz, Willard debe remontar un río en una lancha con una tripulación perturbada por las drogas y sus miedos. En el camino se enfrenta a todo el desgaste psicológico que sufría un ejército sumido en una guerra sin sentido: la locura, la paranoia, incluso la pérdida de la propia identidad.


La película tiene una fotografía increíble. El soundtrack es preciso. Las actuaciones soberbias de Martin Sheen como el capitán Willard; Robert Duvall como el sicótico coronel Kilgore (el que comanda el bombardeo al ritmo de Wagner); y el inconmensurable Marlon Brando, interpretando al coronel Kurtz.

Como degustación, incluimos la magnífica escena de los helicópteros bombardeando al son de "Die Walküres" de Wagner, y uno de los célebres monólogos del coronel Kilgore. A los que no dominen el inglés, ya es hora de que se pongan a estudiar.

Un parlamento escalofriante del coronel Kurtz: "Cuando estaba en las Fuerzas Especiales: fui a un poblado vietnamita a vacunar niños contra la poliomielitis, como manera de congraciarnos con la población civil. Cuando nos íbamos, un anciano fue a buscarnos, llorando y sin poder explicar lo que ocurría. Volvimos y vimos que los soldados del Vietcong le habían amputado a los niños todos los bracitos donde se había aplicado la vacuna, y habían hecho una pila de pequeños miembros cortados en medio del pueblo. En ese momento me di cuenta que nunca les podríamos ganar".
The Horror, The Horror, The Horror….



Por Casimiro Boamorte Chirimoyanovic

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La historia de nuestro sufrido corresponsal en Europa

Arón Gallardo quería vivir en una ciudad a orillas del mar. Una ciudad con cerros que se abalanzaran sobre las olas, como Valparaíso, pero sin tanto olor a pichí. Quería que hubiera tantos árboles que fuera imposible ver las calles, los tejados oxidados y a la gente.

Siempre elucubraba en voz alta cuánto disfrutaría una ciudad bohemia infestada de bares y librerías, incluso hablaba de bares con librerías añadidas, museos y galerías de arte que funcionaran hasta la madrugada, aunque nadie entrase. Una ciudad en la que extraviarse fuese un agrado. Un lugar donde se pudiese llevar una vida digna, justa. Eficiente.

Y se fue a vivir a un lugar así. Reunió sus ahorros y contrató un servicio de coyotes ilegales que lo dejaron sin un céntimo en la frontera de un país cuyo nombre no era siquiera capaz de pronunciar. Fue una noche de lluvia y frío en que casi murió de hambre y tristeza...

Valiéndose de gestos y aspavientos logró a duras penas sobrevivir y mantenerse fuera del alcance de los agentes de migración. Llevándose la mano a la boca y arqueando el ceño como los perros, logró que algún curioso le diera un poco de comida. Luego tuvo que desplegar una performance de pantomima frente al regente de un restaurante que le miraba extrañado hasta que por fin entendió lo que trataba de comunicar y accedió a pagarle un discreto salario a cambio de realizar todo tipo de labores desagradables y denigrantes. Fue tal el entusiasmo con que enfrentó su empleo que rápidamente los lugareños fueron encargándole todas las tareas que odiaban realizar. Limpiar letrinas, bañar ancianos, recoger animales atropellados, etcétera. Al poco tiempo, Arón fue aumentando sus ingresos y no tardó en enviar las primeras remesas de dinero a su familia. Jamás imaginó que en tan poco tiempo dejaría de dormir en la bodega del restaurante para irse a vivir solo a un pequeño apartamento. Hasta se compró un auto.

Nosotros nos enterábamos por sus familiares que no dejaban de comunicarle a todo el mundo lo bien que estaba el muchacho en Europa. Quizás desconcertados por la cantidad de dinero que enviaba cada mes, no tardaron en pedirle y luego exigirle que recibiera a todos sus primos mayores de edad. Fueron estos mismos quienes, atemorizados por las pellejerías que debió sufrir y que narraba de manera arrogante y exacerbada, finalmente decidieron no ir.

Un día me escribió una carta. Me preguntaba cómo estaban las cosas por acá y sobre su familia, arguyendo que necesitaba una opinión externa para saber qué estaban haciendo realmente con el dinero que les enviaba. También aprovechó de contarme un poco cómo era la vida allá. De sus párrafos pude inferir que:

1) hace un frío insoportable, sin embargo todos los lugares son confortables..
2) la cantidad de borrachos es ostensiblemente menor que aquí
3) las mujeres son bellísimas pero algo apagadas.
4) las micros allá son pulcras y puntuales.

De Dios allá casi no se habla. Las mujeres pasean tomadas de la mano y los hombres se acarician y abrazan en un gesto que va más allá de la cordialidad.

“algo sucede acá que allá no ocurre, obviedad de obviedades, pero me refiero a algo que no logró identificar. Y menos aún sé cómo enfrentar. Hecho de menos las parejas heterosexuales besándose en el Parque Forestal o en la fila de Fantasilandia. Hace tanto tiempo que no veo unos canutos gritando en una esquina que creo que me detendría a escucharlos un rato antes de de espantarlos lanzándoles agua hirviendo con un termo…”

Curioso comentario. Lo primero que pensé es que le hacía falta una mujer. Decidí escribirle y darle mi opinión, además de ponerle al tanto del impúdico despilfarro en el que habían caído sus parientes, nada acostumbrados a que el dinero les sobreabunde.

Al poco tiempo recibí su respuesta. Partía maldiciendo a su familia y pidiéndome eufemísticamente que me convirtiera en su soplón. Luego se refirió a mi tímido comentario diciendo que eso era prácticamente imposible. Allá nadie le habla. Él cuenta un chiste y nadie ríe. Las escasas ocasiones en que le hizo algún comentario pícaro a alguna chiquilla lo quedaban mirando espantadas como si se tratase de un chimpancé acariciándose las zonas erógenas y golpeando con los puños el suelo.

La última ocasión en que mantuvo algo parecido a un diálogo fue cuando fue asaltado por un par de compatriotas. ¡Vaya manera de hacer patria! En un desesperado esfuerzo por reivindicar la dignidad nacional, decidió dejar en el olvido e impune tan aciago hecho.

Ciertamente no es feliz.

A veces me llama por teléfono y hablamos durante largo rato. Me narra su vida ahora que se convirtió en micro empresario, maneja una flota de inmigrantes ilegales que venden cuellos de polar en distintos puntos de la ciudad. Me pregunta cómo le va a Wanderers en el campeonato. No haya la hora de regresar porque echa de menos, y cuando le pregunto qué es lo que echa de menos, cambia abruptamente de tema o se queda en silencio sin saber qué responder.
Ah, y escribe mensualmente para La Gran Arcada. Gratis.

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Señor Coconut, uno más en nuestra Jihad anti reggaeton

Coconut es una de las personalidades del tetrapolar Uwe Schmidt, un dj alemán que por algún arcano motivo decidió afincarse en nuestro país. Eran los tiempos en que la gente creía que el LSD era la Liga Súper Demócrata. Quizás fue el ritmo que irradia nuestra bendita tierra, o la impactante belleza de nuestras mujeres, el hecho fue que se le ocurrió la absurda idea de fusionar las logarítmicas bases de Kraftwerk con chachachá, cumbia, mambo y merengue. Además realizó el mismo experimento con Deep Purple, The Doors, Sade, Michael Jackson. El resultado fue fantástico, los híbridos le quedaron muy divertidos y sabrosones. Todo a fuerza de sintetizadores, irreverencia y buen humor. Aunque al Señor Coconut lo acompaña una orquesta, y en las presentaciones en vivo aparece esa orquesta tocando sus instrumentos con mucho entusiasmo, sólo se trata de una extravagancia. Absolutamente todo emerge desde el tropicalaptop de don Uwe.

Música para amenizar, para bailar o simplemente para llevar el ritmo con el pie. El señor Coconut incita a conversar sobre temas agradables, a bromear con las chiquillas, a disfrazarse de narcotraficante y hacer el ridículo.

Sus discos:
Gran baile con Señor Coconut
El baile alemán
Fiesta songs
Coconut FM


Y el reciente Yellow Fever donde remezcla a la Yellow Magic Orchestra, la mítica banda electrónica japonesa al mando de Ryuichi Sakamoto, aunque en este último trabajo se abusa demasiado de la fórmula, y los chistes repetidos irremediablemente pierden un poco la gracia.

Ideal para sacudir la payasa en las fiestas de fin de año. Deshágase de la recalcitrante idea de que el trópico es exclusividad de Pachuco y Tommy Rey.

Videoclip "Tour de France"




Escucha "It's more fun to computer"

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Escucha "Beat it"

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Por Casimiro Boamorte Chirimoyanovic

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Bitácora de perdedores

A continuación, conmovedores relatos de gente como tú o como yo. Son historias cotidianas de personas a las que nada les ha resultado fácil, y cuyas vidas han estado marcadas por la incomprensión y el rechazo de los demás. Sin embargo, ni las peores frustraciones y desventuras hacen mella en sus extraordinarios temples. Lea y enternézcase con estos tres ejemplos de vida. Son nuestros tres "loser héroes".


El karaoke

Era mi día libre y recién me habían pagado la quincena. Andaba con ganas de hacer algo distinto, conocer alguna chiquilla, charlar con alguien que no fuera un vecino de la cuadra o un compañero de trabajo, y decidí entrar a uno de esos bares de karaoke que están tan de moda. Apenas ingresé, eché un vistazo alrededor y advertí que el público estaba compuesto por no más que algunas parejas y minúsculos grupos de chicas y chicos que charlaban desentendidos de cuanto ocurría sobre el escenario.

Después de cerciorarme de que no había nadie que me conociera entre el escaso público, me armé de valentía y subí a cantar una canción romántica de Zalito Reyes. Me esforcé bastante y orlé mi interpretación con gestos y muecas, con las que pretendí acentuar aún más la angustia y aflicción de la que trataba la letra.

Cuando terminé de cantar, nadie aplaudió. Saqué un pañuelo y sequé el sudor que empapaba mi rostro, luego musité un tímido agradecimiento y volví a mi mesa atravesando un incómodo silencio. La cerveza estaba tibia. Mientras bebía con asco, escuchaba en sordina las digresiones y comentarios que emitía la gente acerca de mi performance. Mirándome y riendo descaradamente, se preguntaban acaso yo era un enfermo mental o talvez una persona tan excéntrica que causaba la impresión de serlo.

No volveré a frecuentar ese tipo de lugares. En mi próximo día libre me iré directamente al bar de René o a la Nona.



El telefonista

A veces no sé si me siento solo o si son mis puras ganas de tener sexo las que me obligan a llamar muchachas a horas inoportunas. Por suerte logro reaccionar después del tercer improperio somnoliento de las pobres importunadas…

Es que esto de trabajar de noche en un call center me ha cambiado la vida de manera insospechada. De romanticismo y cachondeo, ni hablar…

Y yo que en el colegio era el centro de las miradas femeninas, cuando me daba esas volteretas fascinantes en el los caballetes del gimnasio del liceo comercial. De ahí al pucho frente al kiosco, y a los atraques en el paradero, había un paso cortito. Pero las cosas cambiaron tanto…

Con decirles que hace tan sólo una semana tenía ganas de aforrarle al conserje de mi pega porque lo pillé afilándose a las tres de la mañana a la vieja del aseo. Esa señora era mi última oportunidad de no terminar el año con el miembro invicto, pero nada... ahora la veterana ya ni me coquetea como antes. ¿Qué se creerá la vieja fea?

Pero no me importa, porque estoy seguro que el próximo sí que será mi año... Lo que sí, ni loco me subo a una silla, ni daré vueltas a la manzana con maletas, ni me enguataré con lentejas pal año nuevo, porque durante los últimos cinco años ninguna de esas cosas me han dado resultado...

Ya chiquillos, los dejo porque tengo que llevarle las chalas a mi mamá al zapatero...



Exceso de cine

Advierto con tristeza que hace casi dos meses no hablo con alguien real. Me percato recién ahora que intento con dificultad explicarle mi malestar a una enfermera que seguramente ni siquiera me está escuchando.

Desde que caí en este brutal desencanto recorro armado las calles buscando un destino que me entusiasme. Evito frecuentar lugares que me rememoren situaciones aciagas o a personas que me hayan causado mal.

A veces adquiero libros que no soy capaz de hojear más allá del prólogo. Luego los ofrezco amablemente a quien se me cruce pero sólo he recibido negativas y curiosas expresiones de rechazo y discriminación.

Probablemente la gente piense que la lectura es la causa de mi semblante. (Y no están lejos de la verdad, pero esos son otros libros)

De vez en cuando me paseo por algunos bares. Me ubico en un rincón y permanezco sin saber que hacer hasta que aparece una mesera y me pregunta si deseo beber algo. Mientras va en busca de mi trago, mi inconsciente expresa la apremiante urgencia de socializar. Como un autómata, me acerco a una mesa donde haya chicas y despliego toda mi ineptitud social hasta que me piden que me vaya o son ellas las que se marchan. Rara vez me topo con muchachas alternativas que encuentran graciosa mi torpeza y logro entablar una plática insulsa y estéril. En esas ocasiones, luego de un rato, me despido amablemente y vuelvo solo a mi rincón, donde me aguarda mi trago desvanecido, sobre la mesa de la cual nunca me debí haber alejado. En un bar en donde jamás debí entrar.

Creo que debería dejar de ver Taxi Driver.

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