Este 29 de Marzo se presenta Sonic Youth en el Santiago Arena. Poco importa que sea un domingo a las 21:00, día del partido contra los peruanos, día del joven combatiente, y que seguramente esa noche haya mambo subversivo y la vuelta a casa sea entre barricadas y cadenazos. Nada será impedimento para que al fin podamos ver a Sonic Youth en vivo.
La crisis discográfica ha hecho que muchas bandas de renombre salgan a recorrer el mundo para recolectar todos esos dólares que ahora no reciben por las ventas de sus discos. Si a esto le añadimos la actual recesión global, se dan fenómenos como esta seguidilla de recitales en un sólo mes, de bandas que hasta hace unos años con suerte llegaban a Rio de Janeiro y Buenos Aires.
Lo que pareciera ser la respuesta a los años de súplicas y ruegos de los fanáticos se ha visto empañado por la triste realidad de las productoras, las que embrutecidas por la codicia han perdido el sentido común frente a este lucrativo negocio. Aprovechándose de que muchos han esperado estos recitales durante toda la vida, de la probabilidad cierta de que nunca más se repitan, y de que los fanáticos son capaces de todo por no perdérselos, han establecido precios exorbitantes por las entradas e ideado aberraciones como la nefasta “cancha VIP”.
Una nueva muestra de esta falta de tacto y de nulo conocimiento sobre el público es la que ha perpetrado Pepsi y su concurso para elegir al telonero de Sonic Youth: entre un listado de bandas nacionales ganaba la que obtenía mayor cantidad de votos a través del sitio web de la mentada gaseosa.
Es fácil discernir que basta con algo de ocio y una computadora para reventar un concurso con participantes fantasmas, y todo indica que así fue. El ganador fue Energúmeno (¿?), superando a bandas como Pánico, Congelador, o Ganjas, y despertando inmediatas suspicacias y reclamos por parte de los mismos votantes.
Más allá de las quejas y berrinches: prácticamente son unos desconocidos (lo que no quiere decir nada, lo popular no implica calidad) y su evidente trampa en la elección, sorprende el descaro de estos tipos de pretender telonear a una banda cuya música no puede ser más distante en estilo y calidad. No se trata de que toquen bien o mal, ese juicio me lo reservo, pero basta con buscarlos en myspace o en youtube para ver que no tienen nada que hacer en el mismo escenario que SY. No hay que ser muy severos, cualquier músico ansía tocar frente a un marco enorme de público, pero un ápice de culpa les corresponde por desubicados. La culpa restante es de quienes crearon la instancia para que suceda algo así.
Lo ideal hubiese sido que SY llegara blindado con alguna banda en clave Pixies o Yo la Tengo. Como no fue así, estos auspiciadores grandilocuentes suelen regalonear a las bandas nacionales, lo que no está mal, pero llega a dar risa la defensa de estos energúmenos y sus supuestos fanáticos al esgrimir como aliciente a su premio que, además de obtener un segundo lugar en un concurso en Portugal, son una banda de región, como si a la hora de evaluar no sólo importara la música, sino que también el origen, la pinta, o el porcentaje de asistencia a los ensayos. Si estuviésemos hablando de la Teletón calzarían perfecto, incluso Luis Dimas sacaría aplausos frente a un público chauvinista, sin exigencias y que no paga un peso por su entrada, pero este no es el caso, el que menos desembolsó 23 lucas por este recital, merecemos un poco de consideración.
He de esperar que apenas aparezcan estos teloneros el público los demuela a pilazos, y que la cancha VIP sea un fracaso para que nunca más se ideen semejantes aberraciones. Pero nada de eso ocurrirá, porque ese día Sonic Youth nos brindará el recital que estuvimos esperando desde siempre y toda la mierda pasará a último plano. Nosotros felices volveremos a casa y los teloneros al olvido, del que debieron aprovechar una posibilidad más idónea para salir.
Sonic Youth y los clásicos vicios chilenitos
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Pude haber sido tu novio, a pesar de que me llamo Brian
Los nuestros fueron años lindos,
Jugando crédulos al supermercado, al doctor.
Correteando por los jardines.
Escondiéndonos en la cocina donde tu familia tenía confinada a mi madre.
Recuerdo que a tu abuela, antes de trastornarse, le encantaba decirle a quien la escuchara que cuando tu piel estaba sucia, perfectamente podíamos pasar por primos...
Yo te llevaba al estanque a pescar pirihuines con palos de fósforos, mientras esperábamos, tú me enseñabas groserías en otras lenguas.
Recuerdo el pánico que te daban las borracheras de tu padre. Ese viejo loco que para las efemérides militares, fusil en mano, nos sacaba a todos a marchar al patio.
Te acurrucabas en mi, sollozando débilmente para no enfurecerlo. Yo te tranquilizaba diciéndote al oído que no había nada que temer, que siempre le pasábamos las armas con cargas de salva.
Por las tardes, después del colegio, te gustaba verme jugar a la pelota. Los domingos yo me acercaba a la ventana del salón a oírte tocar el piano y cantar.
Las primeras rimas que escribí fueron para ti. Te las rapeaba junto a los cabros alta escuela, que marcaban el ritmo escupiendo sobre sus manos.
Fuimos creciendo y tus hermanos, irrelevantes hasta esos días, comenzaron a ver con malos ojos nuestra amistad. Cada vez que podían me ridiculizaban con bromas cuya réplica justa habría sido hacerles tragar los dientes a puñetazos. Pero no. Tenía que pensar en ti y en tus padres, patrones de mi santa madrecita.
Terminaste el colegio y te fuiste a la ciudad, a estudiar algo que yo ni siquiera era capaz de pronunciar. Te rodeaste de nuevos amigos, gente letrada que ocupaba computadoras.
Para las fiestas de fin de año volvías a casa de tus padres, y nos emocionábamos y salíamos a pasear, pero ya no teníamos de qué hablar. Yo nada sabía de música indie, de cine de autor. Lo mío eran las rancheras y las drogas.
Una vez te quise dar una sorpresa y fui a verte a la facultad, a bordo de mi Chevette en clave reguetón. Al reconocerme, vi como tu rostro se desfiguró de vergüenza y apresuraste el paso para cruzar la calle. De nada sirvió mi buzo importado, mi camiseta del Real Madrid. De nada sirvieron mis Nike Shox.
Para colmo ese verano llegaste con tu novio, un cadete de la Escuela Militar al que tu padre abrazaba orgulloso y sonriendo como un cocainómano. La boda se celebró al año siguiente. Me tocó lustrarle las botas y ensillarle el caballo al muy cabrón.
De ahí no supe más de ti hasta hoy, que has vuelto al campo, con tres hijos y una camioneta repleta de maletas. Tu marido yace en la capital, con su pistola y con el divorcio.
Nos dimos un fuerte abrazo y recorrimos, tomados de la mano, cada uno de los rincones que marcaron nuestra historia dentro de esta vieja estancia.
De noche llegaste a mi habitación y a la segunda copa de vino ya te habías desnudado. Mientras hacíamos el amor me has pedido a gritos que te golpee. Me he corrido sobre tu rostro, sobre tu culo descomunal, sobre tus tetas lánguidas como bolsas de suero.
Ahora te observo, desparramada en mi cama. Roncas como una micro. Acaricio tu pelo y recuerdo tu rostro prístino, tu cuerpo virgen sumergido en esa infame aglomeración de grasa. Te acurruco en mi pecho y beso tu frente tal como cuando éramos niños, y te susurro al oído que yo perfectamente podría haber sido tu novio, a pesar de que me llamo Brian.
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Las Ladas II
Amigos de La Gran Arcada, agradezco que me dejen compartir con vuestros lectores mi aterradora experiencia. Quiso el destino que en un mismo periodo dos arpías, que entre ellas nada tenían en común, confabularan en mi contra e hicieran de mi vida un asco.
Matilde fue mi novia desde la universidad. Para el 2002 llevábamos tres años viviendo juntos y ya teníamos las proyecciones propias de una pareja establecida. Cierto día llegó feliz a casa contando que se había ganado una beca para realizar un postgrado en Bélgica... Antes ya había mencionado algo sobre sus postulaciones pero francamente jamás pensé que le iría bien, pero me equivoqué y nos tuvimos que enfrentar a una compleja situación. Sabía que no tenía argumentos para equiparar las ventajas de estudiar en el extranjero por lo que ni siquiera le pedí que se quedara. Después de un escueto análisis no sólo acordamos seguir de novios sino que más encima decidimos casarnos a su regreso. Ella partió y durante su ausencia nos comunicamos por teléfono y principalmente por e-mails. Los tres primeros meses hablábamos todos los días, pero luego la comunicación se fue haciendo más esporádica hasta limitarse finalmente a una miserable postal para mi cumpleaños y una llamada para Navidad. A eso le siguió una sola llamada, la última, en la que me contó ilusionada que había conocido a "alguien", un francés, un mes antes de su regreso a Chile.
A nadie le sorprendió que Matilde me dejara por otro tipo. El único descolocado era yo, que jamás pensé que me haría algo así. Las pocas veces que hablamos sobre su desdén hacia nuestra relación ella arguyó la enorme carga académica que le tenía los nervios de punta y que le demandaba toda su atención. Yo le creí.
Durante su ausencia me había avocado completamente al trabajo. Mis distracciones no iban más allá del Playstation, la pichanga de mitad de semana con mis ex compañeros de universidad, y los asados que cada dos meses organizaban los muchachos de la oficina y en los que me tomaba una lata de cerveza y comenzaba a hacer el ridículo. Fue mucho el tiempo que dejé pasar porque francamente confiaba en que Matilde era la mujer de mi vida, y en base a eso fui escindiendo mis nexos con amigas y ex novias. Ahora por tonto debía comenzar desde cero.
Comencé por reestablecer el contacto con mis amigos, pero casi todos estaban casados o ad portas del matrimonio. Quedaban sólo unos pocos solteros. Otros se habían casado impulsados por el embarazo de sus novias, pero ya estaban tramitando el divorcio. A ninguno el matrimonio le duró más de un año.
Con este grupito salíamos los sábados, luego los viernes y los sábados. Comenzamos asistir a los happy hours de los jueves, luego también a los del miércoles. Pronto tuve que dejar de contestarles el teléfono e inventar excusas para quedarme en casa. Me intrigaba cómo, con trabajos tanto o más agotadores que el mío y más encima con hijos a los que debían educar y sacar a pasear, eran capaces de mantener un ritmo semejante de parranda. Pronto descubriría sus problemas con la cocaína.
Fue durante una de estas salidas nocturnas que conocí a Yacsa. Una madrugada de viernes después de deambular por Bellavista buscando algún bar abierto terminamos en el segundo piso de La Nona bebiéndonos un ron espantoso. Un grupo de jovencitas parloteaba en una mesa próxima, entre ellas Yacsa, quien amablemente se acercó a pedirme un cigarrillo. No fumo, respondí y ella rió y me desordenó el cabello como si me conociera desde siempre. Las chicas se unieron a nuestra mesa y mantuvimos una inocente plática. Yacsa estaba sorprendida con nuestra presencia en ese vertedero. Entre tanto imbécil y flaite, nosotros parecíamos un oasis en medio del erial. "Hasta el cardo es flor en el pantano" dije parafraseando al divino Hölderlin. Ella me quedó mirando como si hubiese sacado un conejo de mi vaso de ron.Al despedirnos le pregunté si podríamos vernos en otra ocasión. Ella anotó en una servilleta su Msn y su Facebook y quedamos de contactarnos esa misma semana. Al otro día apenas llegué a la oficina llamé a mi sobrino para que me explicara cómo diablos se utilizaban dichas tecnologías.
Comenzamos a salir, a congeniar. Todo fue miel sobre hojuelas y en menos de un mes ya andábamos tomados de la mano como pololos. En ese periodo triste, su aparición fue para mí una bocanada de aire fresco, simplemente encantadora. La ignorancia había hecho de ella una persona feliz, capaz de regocijarse con lo más básico. No sabía de escritores, músicos, pintores, de nada. Para ella Dostoievski y Shostakovich eran sólo un par de rusos, tanto como lo podrían ser Stalin o el dr. Zhivago, no establecía diferencias entre ellos. Nada más opuesto a Matilde y sus visitas a la ópera, su cine de autor, con ella todo tenía que ser tan insoportablemente esnob que me veía obligado a hacer idioteces como pasear un poodle y gastar millones en decorar mi departamento con tonterías de las tiendas de diseño de Lastarria. Con Yacsa todo era distinto. Me daba risa que me llamara papito, que en sus caderas tuviera tatuado "si duele, mucho mejor". Me pareció genial que fuese tan recaliente y que accediera automáticamente a todas las picardías que con Matilde me significaban semanas de negociación y costosos regalos. Ahora bastaba llegar con una película comprada en la calle y con unos arrollados primavera para que se abalanzara a mis brazos y me llamara el amor de su vida.
A veces me pedía que la llevara junto a sus amigas a bailar a alguna discoteque. Ahí se divertían, todas vestidas igual, a lo J.Lo., con sus cuerpos al borde de la desnutrición pero con un par de tetas y un culo que ya quisieran las flacuchentas insípidas de los barrios pudientes. Los abdominales durísimos, horrendamente tatuados; algunas lucían las cicatrices de sus cesáreas.
Yo, que no bailo, me limitaba a observarlas desde un rincón mientras bebía mi trago y conversaba intermitentemente con la gorda del grupo, a la que nunca nadie sacó a bailar. En la pista de baile las chicas parecían abstraídas por la música, mientras jóvenes de aspecto delictual se les acercaban, les hablaban al oído y bailaban restregándose contra sus cuerpos húmedos y suaves. Por suerte la gorda siempre se emborrachaba hasta quedarse dormida con la frente entre las rodillas, vomitándose los zapatos. Cuando eso sucedía ya era hora de partir.Meses después Yacsa estaba instalada en mi departamento. Ni siquiera nos percatamos cómo iniciamos una vida de pareja. Todo estaba saliendo relativamente bien hasta el día en que mis padres me llamaron para anunciar su pronta visita desde Valdivia. No sabía cómo explicarles que poco después de mi ruptura con Matilde ya estaba viviendo con otra mujer, y nada menos que con una llamada Yacsa. También me complicaba pedirle a ella que se perdiera durante esos días. Se lo comenté una noche y me dijo que no me preocupara, que ella prepararía todo para que mis padres disfrutaran de una estadía inolvidable. Decidí confiar en ella, pero mi nerviosismo era tal que me provocó un desbarajuste estomacal. Sus palabras me reconfortaron pero no tanto como para que el malestar desapareciera. Yacsa fue a la farmacia y me trajo unos antidiarreicos que debía tomar religiosamente cada ocho horas.
Una semana después llegaron mis padres. Ese día me retiré temprano de la oficina y los fui a buscar al aeropuerto. Venían con mi hermano adolescente. En el auto les conté que había conocido a una muchacha y que temporalmente estaba viviendo conmigo. Ellos no le dieron mayor importancia, seguramente creyeron que estaba bromeando.
Al llegar tomamos al ascensor y a medida que ascendíamos fuimos sintiendo un penetrante olor a grasa. Mientras caminábamos por el pasillo hacia la puerta se fue intensificando hasta que fue incuestionable que el aroma provenía de mi departamento. Abrí y el aire viciado nos provocó un molesto escozor en los ojos, sobre todo a mi madre. Mi hermano reparó en la música, jamás pensé que te agradaba Wissin & Yandel, me dijo, yo lo miré extrañado y le bajé el volumen a la radio. ¿Ooh, qué pasó con la música? preguntó Yacsa en voz alta desde la cocina y apareció en el salón. Todos quedamos boquiabiertos. Lucía una minifalda diminuta, plateada, y un peto negro ajustadísimo que tenía estampado un Mickey de lentejuelas. Sus fabulosos senos hacían que las orejas del ratón se vieran como dos globos aerostáticos. Abrazó efusivamente a mi impactada madre. A mi padre le saludó con un beso en ambas mejillas y a mi hermano le dio un largo abrazo mientras éste deslizaba sus manos por su espalda.
-La cena está casi lista, aguántense un cachito.
-Huele bien
-Costillar a lo pobre, preparado con la receta de mamá
Yacsa volvió a la cocina y yo abrí las ventanas para ventilar un poco. Mi madre miraba fijamente algún lugar, sujetando su cartera con ambas manos, mientras mi padre me preguntaba por el trabajo y por mis planes de cambiar el auto. Mi hermano miraba insistentemente hacia la cocina.
La mesa estaba repleta de salsas y condimentos. Había también algunos adornos de pésimo gusto que quedaron de la Navidad anterior. Yacsa apareció cargando aparatosamente los cinco platos al mismo tiempo. Seguramente fue garzona, le dije a mi madre acariciándole sus manos, ella ni siquiera me miró.
-No me van a creer, estaba preparando el repollo y me pase a llevar el dedo con el rallador, así que si a alguien le aparece un pedazo de cuero en su plato le ruego que me disculpe.
Sentí caer tres cubiertos, entre ellos el mío. Mi hermano siguió comiendo como si nada. Mi madre durante toda la cena mantuvo una sonrisa tan tensa que daba la impresión que en cualquier momento los dientes le estallarían. Mi padre observaba y escuchaba con curiosidad y cada cierto rato me miraba extrañado. Yo me encogía de hombros y trataba de llevar la conversación hacia algo que no fuese farándula, o las teleseries, los temas preferidos de Yacsa.
Mi hermano reía con cada una de sus intervenciones. De hecho se llevaron muy bien. Si no hubiese sido por él y en menor medida por mi, los platos de mis padres hubiesen quedado intactos, con el consiguiente desaire para la cocinera.
Terminamos de comer y Yacsa recogió los platos. Luego se dirigió a mi madre.
-¿Luchador o jinete?
-...
-¿Luchador o jinete?
- No entiendo que me quiere decir con eso mijita.
-Que cómo quiere su piscola, cabezona como para luchador, o suave como para jinete.
-Ah no, no se preocupe, yo no bebo
- Yo quiero luchador, dijo mi entusiasta hermano. Mi padre ya se había servido un brandy por su cuenta.
Yacsa fue a preparar los tragos. En ese intertanto mi madre me tomó fuertemente del brazo y me preguntó si me había vuelto loco. Yo sólo sonreí y me sequé el sudor de la frente.
De pronto se escuchó la voz de Yacsa desde la cocina.
Uuh mi rey, ¿se acordó de tomarse el antidiarreico?
No aguanté más. Me paré y caminé decididamente hacia ella. La levanté de sus abultadas caderas, la voltee, le di una violenta bofetada y luego la besé impetuosamente. Después volví a la mesa, me senté en medio de mis padres y me puse a llorar. Les conté que si, que era verdad, que desde que Matilde me había abandonado las cosas no andaban muy bien y que más encima no lograba cagar sólido desde hace un par de semanas.[LEE EL ARTÍCULO COMPLETO]
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Delirios animados de ayer y hoy (3.0)

Ofrecemos la tercera saga de intervenciones granarcadianas a las estupendas ilustraciones de nuestro amigo Andrés Casciani...
ILUSTRACIÓN 1: "Práctica"
Audio de regalito
ILUSTRACIÓN 2: "El intruder"
Una noción trágica del cosmos se condensaba, aprisionada en sus contornos.
La luz se pudría ahí dentro.
La magnífica resiliencia logró conservar un diminuto fragmento de la sombra que alguna vez fue.
Ese hermoso daguerrotipo que tras la erupción navegó entre sangre y ceniza.
ILUSTRACIÓN 3: "La garzona"
"que sueño tan extraño"
Me decía ese intruso, mientras vaciaba hasta secar
la botella en el vaso sucio.
"Acá no hay hielo...
Acá no hay atenuantes..."
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"La suela y la sangre"
En el tiempo en que más escuchamos a Brahms, más aparecieron las ratas. Todas las mañanas al levantarnos encontrábamos pedazos carcomidos de madera, garras marcadas en los muebles de la cocina, basura desperdigada por el comedor, además de la ineludible sensación de que alguien más estaba viviendo con nosotros desde hace rato. Los chillidos no tardaron en escucharse en la casa, en la noche, junto con las goteras, junto con las peleas a botellazos en la escalera...
A medida en que pasaban los días me acordaba del cuento del flautista, y de la versión porteña de la historia. Un anciano con una capa rota en la espalda que se paseaba por la línea del tren con una hilera de ratones amarrados al cuello y puestos en fila para dar la impresión de que lo seguían. Cómo no reírnos y aplaudirlo con fervor cuando lo vimos, cómo no admirarlo un poco.Ahí estábamos en el sillón, recordándolo, escuchando como las invitadas de piedra rasguñaban las murallas intentando hacerse un nido. Fumábamos, casi ni nos mirábamos, hablábamos en monosílabos y jamás nos tocábamos el pelo o las manos en señal de cariño. Pero era bueno sentirse solos, saber que no había valor para abandonarse, para escuchar el silencio sin presencia, el espacio sin materia, ese silencio que no tiene nada, ni cosa ni humano que lo absorba. De ahí la tristeza que me producen las casas vacías, un espacio que no huele a nada, que no dice nada. Nuestros cuerpos tampoco lo hacían. Nos enfrascábamos en lecturas eróticas de ciertas mujeres perversas que hablaban sobre las parafilias. No llevamos a cabo sus locas ideas, o las posturas de las que hablaban.
Cada uno se masturbaba en su pieza, siempre aprovechando el silencio.
Todo cambió una tarde cuando ya comenzaba a anochecer y volví a la casa con el ánimo y los pies cansados después de un día de búsqueda de trabajo. Me senté en el borde de la cama, me mandé un trago largo de licor de cassis mientras seguía escuchando a las detestables tras la muralla. Me dormí. No sé si una o varias horas. Soñé con un gallo blanco de una gran cresta roja parado en una silla de paja. Movía sus ojos rápidamente como si algo lo intimidara. El ave terminaba lanzando plumas y chorros de agua a través de las alas.
La visión que tuve de mí misma cuando desperté fue peor que mi sueño. Varias ratas se metían entre mis pies, como bailando. Varias huyeron despavoridas. A una le apreté la cola con mi taco y sentí que algo se desprendió. Tal vez un poco de pelo, pensé.El piso quedó manchado de gotas ínfimas de sangre y pedazos de carne de rata. Tuve ganas de vomitar, es difícil explicar la sensación de esa tarde y de los días siguientes porque tardé bastante tiempo en sacarme en esa imagen de la cabeza. Cada noche soñaba con ellas, que me mordían los labios, que se introducían en mi vagina, que las devoraba como si fueran manzanas.
Elías vio el espectáculo desde lejos con una fascinación que nunca había visto. Tener enfrente a una mujer rubia despedazando con sus tacones a una rata le causó una erección de antología. Mientras yo intentaba liberarme del asco él me tomaba de los muslos, me besaba, me metía la lengua en la oreja. Aseguro que nunca me folló como aquella vez. No dejó que me sacara los zapatos durante toda la penetración, y me pidió expresamente que le refregara los tacos en la espalda para sentir algo de esa rata muerta que le pareció maravillosa. Elías estaba demente y su falo también se volvió loco. No paraba ni me deba respiro, juro que sentí que tenía el clítoris lleno de laceraciones de tanto ser penetrada. A pesar del dolor todo terminó como en la mejor de las historias de amor: Los dos abrazados con esa típica mueca estúpida después del goce, escuchando a Brahms y sintiéndonos dichosos de tener una plaga en nuestra casa.[LEE EL ARTÍCULO COMPLETO]
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Nerudalgia

Intervención granarcadiana al "Poema 20" de PABLO NERUDA. Bajándole los niveles de azúcar.
texto: Carlos Gato
ilustración: Híbrido
sobre este espejo brumoso
tras sus meridianos de cocaína
Escribir, por ejemplo: “la noche está estrellada,
y tiritan, fluorescentes, sus pezones, a lo lejos”
El viento de la noche gira en el cielo y canta
los lascivos salmos que se agitan en todas las bocas
que alguna vez fueron su boca
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
yo la quise, y a veces ella también me quiso ver
arrastrando hacia las tres crucifixiones
que aguardaban en sus cadalsos rosa.
En las noches como esta la tuve entre mis brazos.
E intenté vanamente contener el licor
que rezumaban sus pechos turgentes.
La besé tantas veces bajo un cielo infinito.
Y ella bebió de mi humedad
y volvió a mi boca
cargando el aroma del celo
Ella me quiso, a veces yo también la quería
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.
Cómo no amar esos lúgubres pulpejos de carne
que fueron patria de los espectros
Puedo escribir los versos más tristes esta noche.
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido
Sentir que ya no podré transitar su piel
dejando surcos, pinceladas que permanecían nítidas
aún después de varios pestañeos.
Oír la noche inmensa. Más inmensa sin ella.
Oír crepitar las promesas
y verlas descender por su abdomen
como lentas volutas de humo.
Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.
La noche está estrellada y ella no está conmigo.
Qué importa que su lengua insistiera
explorar las debilidades de la fiebre
que me deshizo en espasmos frenéticos, epilépticos
hasta acabar inmolado e inmediato resurrecto.
Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Mi alma extraña aquellas noches
en que sus efluvios goteaban por mis piernas
Palpitaba en su boca
la sublime exacerbación
de la violencia que irrigaba
la sal por mis arterias críticas.
La misma noche que pudre los mismos árboles.
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.
Somos peores aún
Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído
Y decirle despacito que su piel atrapa,
que sus pupilas se dilatan en explosiones de color
y de sombras complejas
que se acoplan a nuestros vaivenes rítmicos
De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.
Otro penetrará fuerte sus secretos húmedos,
otro sentirá sus garfios presos a la espalda
y verá brotar los hilillos de sangre
que se buscan y encuentran
como gotas de mercurio.
Ya no la quiero, es cierto pero talvez la quiero.
Es tan corto el amor y el olvido más se asemeja
a una rutilante estela de hielo que viaja
montada sobre un riel infinito
describiendo un trazo convexo
que podría demorar la vida en desaparecer
Porque en noches como ésta la tuve entre mis brazos.
Mi alma no se contenta con haberla perdido.
Ahora, sin su gravedad infame
no soy más la ávida incursión
sino otra más de sus húmedas mortajas
Aunque este sea el último dolor que ella me causa.
Y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.
Siempre cuando no haya muerte sin resurrección
dioses y demonios mediante
Ni queden ciegos que se nieguen a ver
Ni ceniza que se niegue a reagruparse.
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La maldición atávica de Tancredo

Bienvenidos a la historia del peor de nuestros hombres, Tancredo Alemparte Nietzhager, ultranacionalista, ultramontano, monarquista y antidemocrático.
CAPÍTULO I
"El abuelito Wolfram"
Wolfram Nietzhager Lell, abuelo de Tancredo Alemparte Nietzhager. Sargento del ejército nazi, concretamente de las SS. Durante la Segunda Guerra Mundial fue miembro del Afrika Korps, combatió en Túnez, Libia y Etiopía. Por su sobrepeso y los consecuentes problemas de salud tuvo que abandonar el frente de batalla. De ahí en adelante su vida militar se limitó a cumplir labores logísticas en el campo de concentración Struthof-Natzweiler, en la Alsacia francesa.
A diferencia de sus compañeros Wolfram no era un hombre cruel. El exiguo poder que ostentaba dado su grado lo ejercía más con curiosidad que con firmeza. Se podría decir que fue un nazi bueno (que no equivale a ser un buen nazi). Lo único reprochable de su comportamiento durante esos días fue el entusiasmo exacerbado que mostró en las quemas de libros y dos intentos infructuosos de acoso sexual a unas jóvenes costureras judías.
Wolfram Nietzhager avivando el fuego con libros de George Bataille
El 24 de Noviembre de 1944 los Aliados ingresaban a Struthof-Natzweiler. Fue el primer campo de concentración en ser liberado. La noche anterior los oficiales alemanes huían hacia la retaguardia, dejando sólo un puñado de hombres a merced del enemigo, entre ellos Wolfram, quien jamás creyó posible la caída del Reich, y en vez de salir arrancando o preparar la resistencia se puso a beber hasta quedar completamente borracho.
Esa mañana despertó con los gritos apagados de los prisioneros que se asomaban lastimeramente por las barracas. Miró por la ventana y vio como de la niebla brotaban las siluetas de los soldados aliados y un enorme tanque derribaba el frágil cerco de madera. Algunos de sus compañeros salieron a su encuentro enarbolando banderas blancas, pero fueron inmediatamente asesinados. Lo único a que atinó Wolfram fue a ceñirse un uniforme de prisionero y salir junto a los demás a darle la bienvenida al ejército libertador.
Los soldados avanzaban horrorizados entre los espectros, asqueados por su hedor y aspecto. Uno de ellos reparó en Wolfram, le pareció extraño verlo tan robusto y rosáceo entre el resto de osamentas andantes, se le acercó con el fusil en ristre y le hizo algunas preguntas en un alemán precario. Wolfram quejumbroso le explicó que los médicos del campo lo habían sometido a espantosos experimentos, uno de los cuales implicaba un brutal desorden alimenticio. Los demás prisioneros que presenciaban la escena no dijeron nada. Quizás por las atrocidades a las que fueron expuestos mantenían el recelo hacia los alemanes aún al verlos derrotados, o quizás sencillamente no fueron capaces de reconocer a Wolfram sin la formalidad y la provocación que le proporcionaba su uniforme de la Schütz Staffel. Disfrazado de prisionero no era más que un inocuo gordito en pijamas.
Fue así como realizó el éxodo hacia la zona desmilitarizada, rodeado y resguardado por quienes hace unas horas habían sido sus cautivos. Ante las autoridades se identificó como Eleazar Herschel, profesor de química de Cracovia, y hasta que la guerra concluyó vivió de allegado en la granja de unos campesinos del norte de Francia. En 1947 el gobierno francés le concedió un salvoconducto para radicarse en Palestina, pero Wolfram, temeroso de la efectividad de los organismos de inteligencia judíos, rechazó el visado y en cambio pidió uno para viajar a Sudamérica, so pretexto de encontrar a algunos familiares que habían huido antes de comenzar la guerra. El mes de Abril de 1948 Wolfram Nietzhager desembarca en Valparaíso.
Sus primeros años en Chile los vivió de manera austera y manteniendo un bajo perfil, pero al ver la total impunidad y el trato sumiso y zalamero de los chilenos, se atrevió a contactarse con otros nazis ya hacendados en el país, entre ellos uno de sus compañeros en las Juventudes Hitlerianas, famoso por su fanatismo por la disciplina y la pulcritud, su nombre era Paul Schäfer.
En una escueta misiva Wolfram pone al tanto de su estadía en Chile a Paul. Días después Paul lo invita a conocer su proyecto de Sociedad Benefactora en el sur del país. Considera que Wolfram con su experiencia en campos de concentración sería muy conveniente para sus intenciones.
Wolfram se convirtió en el hombre de confianza de Schäfer. A cargo de la organización y las finanzas hizo prosperar rápidamente la Sociedad Benefactora. A pesar de su insistencia y sus amenazas, Wolfram jamás accedió a los convites de Paul, quizás por que ya estaba al tanto de sus oscuras desviaciones. Se avocó íntegramente al trabajo y en cosa de años logró amasar una considerable fortuna. Invirtió su dinero en la importación y desarrollo de maquinaria agrícola. Para mediados de los 50 Nietzhager Maschinen era el principal proveedor del país, incluso más importante que el célebre Fabrizio Levera, alias “Gigi el amoroso”.
A los sesenta años Wolfram contrajo nupcias con Aurolinda Pichipillán, joven temuquense treinta años menor que él. La boda fue arreglada entre los padres de Aurolinda y el mismo novio. Wolfram ya había intentado acordar su matrimonio con los padres de otras chicas campesinas y no le había ido bien. Aurolinda fue la única de las chicas que no se suicido al comprender que debería vivir para siempre al lado y abajo de ese viejo abominable. Los Nietzhager-Pichipillán tuvieron cinco hijos: cuatro niñas y un sólo varón. A esas alturas Wolfram ya había perdido la razón. La arteriosclerosis, sus años de alcoholismo, una bien disimulada adicción a la cocaína más los fantasmas de su pasado nazi le estaban pasando la cuenta.
Entusiasmado por algunas leyendas teutonas y la lectura de Miguel Serrano decide consagrar su vida al Hitlerismo Esotérico. Su sueño era crear una dinastía, el V Reich en el fin del mundo, gastando su fortuna en proyectos absurdos como rastrear a Hitler en la Antártida o la investigación genética que comprobara finalmente que arios y mapuches tendrían un origen común.
Mal le fue, sobre todo con lo de la dinastía. Su hijo Friedrich se suicidó a los quince años por razones desconocidas y con él se perdió el apellido. Sólo le quedaban sus hijas, entre ellas Ingeborg, la madre de Tancredo, a quienes tendría que buscarles un marido potentado que rescatara la tradición y la fortuna de los Nietzhager.
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El retorno de un clásico: ¡fotos y videos LGA!

Resucita después de la censura una de las secciones regalonas de nuestro lindo público: el archivo de fotos y videos LGA!...
Rotunda molestia causó entre los diputados la eliminación del autoasignado bono extra para bencinas. En la foto vemos a un “honorable” protestando por lo que considera una tremenda injusticia.
La dura realidad que grafica esta fotografía caló hondo en el corazón de los alumnos del colegio Cumbres. Días después realizaron una velatón para exigir la construcción de baños separados para la gente de color.
Estudios científicos de LGA confirmaron que los lobos marinos se alimentan de "pirañas". También odian las frasecitas hechas y a los millonarios con afanes presidenciales.
En las vísperas de las elecciones municipales, estos jóvenes partidarios de la UDI se dirigen alegremente a realizar el puerta a puerta en la comuna de Conchalí.
El extraordinario novelista uruguayo José Luis Burgos le expresa toda su admiración al Libertador General Daniel López Ugarte.
A pesar de haber perdido algunos dedos por la diabetes, nuestro querido Zalito Reyes mantiene intacto su sex appeal... Mírenlo aquí posando junto a dos musas granarcadeanas, una de ellas prima de nuestro querido Jeng-Jyh.
Nuestras tan queridas Ladas accedieron a tomarse una fotografía antes de ingresar a la Fonda Guachaca.
¡Ahora nadie puede parar de bailar!
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Virginia Humores V "Mi Raskolnikov amante"
Virginia Humores.
vendiendo cuellos de polar a las afueras de la casa de Kafka.
Praga. Republica Checa
Era el año 91’ o ’92. Llevaba una década radicada en Praga, aún Checoslovaquia, y gracias a mi arduo trabajo había logrado convertirme en una de las actrices más prestigiosas y mejor cotizadas del porno europeo. En esos años, los primeros post Guerra Fría, las productoras porno comenzaron a germinar atolondradamente, y los casting desbordaban de jovencitas provenientes de los países descolgados la órbita soviética. Todas esbeltas, con rostros angelicales y dispuestas a follar a cambio de un plato de comida...... La excesiva oferta hizo que a las pobrecitas les pagaran una miseria. Yo ya era una veterana, una milf, y aunque todavía me quedaban algunos años de actividad decidí alejarme de la industria y buscar horizontes más lucrativos.
Fue así como dejé de actuar y me transformé en una puta de lujo. Magnates, jeques y deportistas jubilados me pagaban cantidades grotescas de dinero para que los acompañase en las apoteósicas fiestas que brindaban en sus yates y palacios. Era un trabajo cómodo, rodeado de ostentación, del mejor champaña, la mejor cocaína. El cliente me paseaba asida a su brazo ante la mirada ansiosa de otros millonarios que se lamentaban por no haber tenido la ocurrencia de contratarme antes. Así pasaban mis jornadas laborales, sintiéndome como la más sofisticada mascota. A veces estos vejetes ni siquiera me follaban. Se limitaban a manosearme, lamerme, o sencillamente se quedaban sentados apreciándome, como si aún estuviese tras la pantalla del televisor, enfrentándome a virilidades que les hacían sentir dramáticamente inferiores.
Comencé a llevar una vida más relajada. Ya no había caprichosos horarios de rodaje ni extenuantes jornadas de promoción. Tenía mucho tiempo libre para pasear, visitar museos, y con curiosidad aventurarme en una vida hogareña. Todas las mañanas tomaba mi canasta e iba al mercado de la costanera del Moldava. Ahí me gustaba regatear a grito pelado el precio con los vendedores, me recordaba a mi natal Valparaíso, una costumbre muy común allá, pero que aquí sólo se atreven a hacer los vagabundos y los borrachos terminales.
En una de estas expediciones al mercado fue cuando conocí a Pépik. Yo peleaba por el precio de unas lechugas mientras el discutía con el tendero que lo acusaba de robarle un plátano. Pépik me miró y sonrió, dejó al tendero discutiendo solo y se ofreció a llevarme las bolsas a casa. En el camino me entretuvo contándome su vida. Era amable y medianamente educado. Parecía un estudiante de esos a los que les va pésimo. Llegamos a casa y lo invité a pasar, el aceptó y nos quedamos platicando hasta bien avanzada la noche. El nunca se insinuó, ni siquiera hizo un comentario cachondo, parecía más preocupado de que no se acabase el alcohol que de seducirme. Me habló de las sinfonías de Dvorak, de cine y los directores de moda, pero sobre todo me habló de libros. Yo lo escuchaba tratando de ocultar mi emoción: era la primera vez en mi vida que un hombre se me acercaba sin la intención de follarme.
Su aspecto desaliñado y su frágil supervivencia me recordaban a Rodia Raskolnikov, aquel febril personaje de Crimen y Castigo. A pesar de su incompetencia tan evidente, quemante, generaba esa inexplicable sensación de encontrarse frente a un extraordinario potencial. Los fantasmas de una gloria en cierne se desarrollaban lentamente en el, manifestándose en sus arrebatos, en su excesivo atrevimiento, los únicos puntos de conexión entre la genialidad genuina y la de utilería.
Era obvio que no me conocía. A esas alturas yo ya era un clásico, una lasciva obsesión que perseguía por la noche a los cuarentones. El tenía apenas 25 años. De haber visto alguna de mis películas debió ser apenas un niño, y a esa edad todas las tetas son inmensas y todas las vaginas parecen dulces, así se hace imposible distinguir una mujer desnuda de otra.
Bueno, además de su graciosa manera de hablar y de su caballerosidad de otro siglo, el muchacho era un animal en la cama. Pero aparte de eso no poseía mayor encanto. Cuando nos presentamos el se autodenominó poeta, pero a los pocos minutos de conversación pude apreciar que de ello no tenía más que la soberbia y el ego sobredimensionado. Sus poemas eran espantosos, groseros calcos de bardos lameculos que el jamás pensó que yo había leído, y que insistía en recitármelos en voz baja al oído, mirándome de vez en cuando y arqueando las cejas, a la espera de algún elogio o un gesto que evidenciara mi impacto ante tanta genialidad. A mi me daba una risa tremenda este fanfarrón que no paraba de enrostrar sus virtudes y de besarse a si mismo, pero opté por seguirle el juego e instarlo a publicar esos poemas atroces. Era lo mínimo que podía hacer por el, sentía que la comida y el vino que le proveía no bastaba para retribuir las fantásticas noches que el me estaba entregando. Yo lo mimaba, y a él eso le fascinaba. Mi tenue sentido maternal conjugó a la perfección con su complejo edípico, tanto como sus agitadas hormonas sincronizaron con mi oficio ya convertido en hábito. A pesar de eso me encantaba que en su casa tuviera que dormir bajo unos cartones, que pasara frío, que el hambre le impidiera conciliar el sueño. Eso lo colocaba deliciosamente violento, y ocurrente, exactamente lo que necesitaba a mis alarmantes 45 años. En el nadir de mi vida este cachorro imbécil era capaz de inocularle avidez a mi exagerada existencia.
Las visitas de Pépik se hicieron más recurrentes, y poco a poco fue trasladando sus cosas desde la pocilga en la que vivía. Fue una mudanza furtiva, imperceptible, como una gata trasladando a sus crías. En cada una de sus visitas dejaba un libro, un chaleco, cosas así. Resultó ser tan pobre que al cabo de una semana la mudanza estaba completa y ya lo tenía instalado en mi casa, ofreciéndose a cortar el césped y a clavetear algunos muebles. Accedí a su ofrecimiento y mientras lo hacía preparé una suculenta cena. Pépik concluyó sus labores domésticas, se bañó, cenamos, después subimos a la habitación a follar como bestias, tuvimos una breve conversación post amatoria y finalmente lo eché a la calle. Al principio creyó que estaba bromeando, pero pronto se dio cuenta que no valía la pena insistir y se marchó rezongando entre lágrimas. Yo me quedé mirando cómo lentamente se iba sumergiendo en la oscuridad, con su vieja maleta, sus cartones, era como ver al chavo del 8 saliendo de la vecindad cargando ese palo con una bolsa amarrada en un extremo. Me dio mucha risa pero no se porqué me la aguanté.
A la semana siguiente un magnate petrolero ruso me ofreció el dinero que yo acostumbraba a ganar en un año por irme con el en un crucero por la costa amalfitana durante la semana santa. No lo pensé dos veces y validé el pasaje de avión que me envió. De Pépik nunca más supe nada. Sólo está aquella carta que encontré bajo mi puerta un año después, sin remitente ni dirección de donde había sido enviada. El papel estaba arrugado, con marcas de lágrimas y aceite, muy de Pépik. Tenía escrito lo siguiente:
"He hecho todo lo que me sugeriste para olvidarte, dulce Virginia, me he follado todo lo que se me ha cruzado, pero hay noches en las que no logro traer ninguna mujer a casa. Esas noches me tiendo sobre la cama, sin luz, escuchando a esos jazzistas negros que tanto te gustaban, y comienzo a recordar aquellas noches en las que nos amábamos desaforadamente. Recordar, por ejemplo, esa vez que marqué con fuego mis iniciales sobre tu vagina triangular. O las tardes enteras que pasábamos asfixiándonos el uno al otro hasta bordear la inconsciencia. Cómo olvidar cuando atomizaste combustible sobre mi torso, formaste una pequeña fuente en mi ombligo y luego le prendiste lumbre, amarrado al catre presencié indefenso como la sangre hervía bajo la viva llama, desatando la inefable mixtura de dolor y placer insoportable que fuiste tu para mi. Esa vez mi carne humeante parpadeaba lánguida, como los últimos estertores de una vieja ampolleta..."
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Arte en el río Mapocho
¿Cuántos de ustedes repararon en esos flecos azules que cuelgan a un costado del puente Pío Nono? Lo que es nosotros, quienes hacemos este blog, nos dimos cuenta una noche en que cruzamos el Mapocho rumbo a la Nona, para el ritual de la reunión de pauta.
Recuerdo que al ver ese horrible plástico cortado en tiras rascando las aguas del río exclamé de inmediato: ¡Seguro que el gueón que hizo eso se ganó un Fondart!...
Nos reímos un buen rato inventando nombres inverosímiles para ese "supuesto" montaje artístico. A los pocos minutos nos olvidamos del tema, concluyendo que tal vez se trataba de alguna solución práctica de los feriantes del sector para medir la crecida del río, o en su defecto era el soporte en el que pegarían fotos de algún candidato a las municipales.
Grande fue la sorpresa cuando ojeando el suplemento cultural de un diario nos dimos cuenta que efectivamente esos colgajos azules correspondían a la instalación de una reconocida “artista visual” llamada -o apodada- Peque Cañas. ¡Plop!
La reacción inmediata fue googlearla para saber más de esta misteriosa creadora urbana. Y dimos con su sitio web, en el que se repasa su trayectoria, abundante en post grados -en Chile y el extranjero- además de una buena dosis de Fondart, becas, menciones honrosas y premios varios otorgados en mérito a sus trabajos artísticos.
Sobre la tiras azules que cuelgan en el Mapocho, la propia aludida explica -por cierto, en tercera persona- lo siguiente:"La artista visual Peque Cañas realizó durante los meses de abril y mayo una serie de instalaciones urbanas, de tipo Manifiesto, con el título: Mapocho ¿Quién te robó?, una trilogía sobre el agua y su ciclo con relación al Río Mapocho. Las cloacas, los desperdicios y el uso de agua, legal e ilegal, están dejándo el río seco en ciertas zonas y produciendo una cadena de contaminación. La artista ha querido atraer a la ciudadanía sobre el tema del Mapocho y llamar la atención de los santiaguinos con una expresión de arte en forma positiva, estética y audaz, ya que utiliza el lecho del río para exhibir sus obras: Lluvia, Río y Mar".
Al fin nos quedó claro de qué se trataba. ¡Cómo no haberlo entendido desde un principio! Pero qué brutos más grandes, no sintonizar con la sensibilidad de la artista, y del cauce, y del ecosistema. Cómo no escuchar los alaridos agonizantes del Mapocho gritando su dolor a nosotros, los crueles humanos que habitamos esta triste ciudad.
Iluminados al fin por ese halo divino que nos da apreciar una obra artística en todo su esplendor, nos pusimos a reflexionar sobre cuántas maravillas similares habrán pasado frente a nosotros sin siquiera darnos cuenta. Fue así que nos hicimos a la tarea de confeccionar una lista de montajes “artísticos urbanos” y sus correspondientes significados:
Callejón Lo Ovalle: Obra arquitectónica emplazada en el sector sur-poniente de la capital y que divide salomónicamente las comunas de La Cisterna y Pedro Aguirre Cerda. Su diseño, para ojos no entrenados en arte y estética, puede parecer algo tosco y hasta de mal gusto, pero pocos entienden la metáfora que la colosal maravilla encierra: "el descenso y ascenso de las almas por los bajos niveles de la existencia, transitando por el camino duro y peligroso -micros asesinas, cogoteros a toda hora- que finalmente nos conduce a un estado superior... en fin, La Divina Comedia llevada al urbanismo". Como si esto fuera poco, todos los inviernos el callejón se inunda, impidiendo a los vehículos pasar. "Un llamado de atención a nuestra civilización abstinada que se rige por sus reglas y minimiza la sabiduría de la naturaleza".
Zanjón de la Aguada: Riachuelo infestado de mierda que parte a Santiago Centro de la periferia. "Sus aguas representan el llanto de un pueblo postergado a la inmundicia de las poblaciones... su pestilencia es una alegoría de la putrefacción del alma humana, empeñada solamente en el consumo y la vanidad.
Torres de alta tensión de Avenida Pajaritos: Bajo la excusa de suministrar energía a Santiago poniente, nuestros ingenieros han regalado a los vecinos estas instalaciones artísticas algo molestas para los oídos, pero cargadas de un mensaje social invaluable: "el sonido incesante y caótico de la vorágine cotidiana, que impide oir el murmullo desnudo de nuestras conciencias. Un zumbido metálico saturado de distractivos que nos desvían de la reflexión ciudadana".
Sólo tres ejemplos, queridos lectores, que nos invitan a pensarlo dos veces antes de juzgar una obra artística sin antes entenderla en toda su dimensión. Ojalá que esta ciudad, que este país, que este planeta se llene de Peques Cañas que con su arte positivo, estético y audaz, nos despierten de nuestro eterno letargo cultural.
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